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El pan con tomate del otro lado de la calle

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Yo trabajaba ese verano como coordinadora del programa de actividades para niños en un centro comunitario de San Antonio, Texas. El edificio olía a café recalentado y a plastilina, y en el estacionamiento siempre había una camioneta destartalada con la calcomanía de la Virgen de Guadalupe en el medallón. Los chicos llegaban con sus mochilas de superhéroes, sus botellas de agua de colores y unos lonches que a veces parecían sacados de un comercial.

La primera semana de julio el calor era de esos que tuestan el asfalto y te dejan la ropa pegada a la piel como una segunda capa. Ese día, a la hora del almuerzo, los niños salieron al área de juegos con sus recipientes y sus bolsas de papel. Yo me había quedado junto a la puerta, bebiendo una limonada tibia, cuando oí las risas.

—¡Mírenlo, está comiendo pan con tomate en la banqueta! —gritó uno de los niños más grandes, un flaquito que siempre andaba pegado al celular.

Varios se acercaron a la cerca de tela metálica y empezaron a señalar hacia el otro lado de la calle. Ahí había una construcción en obra: tablones, montones de grava y una mezcladora color naranja con el logo de Home Depot medio despintado en un costado. Sobre el borde de la banqueta, casi en el cordón, un hombre estaba sentado. Llevaba una camiseta blanca vuelta gris por el polvo, pantalones de mezclilla con manchas blancas de yeso y unas botas de trabajo desgastadas. Tenía en las manos una bolsa arrugada. De ahí sacó un bolillo partido a la mitad y dos jitomates chiquitos, de los que vendían a un dólar con veinticinco la libra en la mercadita de la esquina. Eso era todo. Pan y tomate.

—Qué pobre se ve —dijo una niña con una mueca, mientras desenvolvía un burrito que le había preparado su mamá.

—Mi papá come en el Jack in the Box cuando está en el trabajo —agregó otro, y todos rieron.

En ese grupo estaba Camila, una niña de diez años, tranquila, de trenzas muy prietas. Nunca alzaba la voz, pero siempre terminaba sus dibujos antes que todos y los dejaba secando sobre la banca. Esa tarde no se rió. Se quedó con la mochila colgando de un solo hombro, mirando al hombre de la banqueta, y yo supe, sin que nadie me lo dijera, que se trataba de su papá.

Apretó el asa de la mochila hasta que los nudillos se le pusieron blancos. No dijo nada. Se agachó, fingió acomodarse la agujeta del tenis y se quedó así, doblada, más tiempo del que tarda uno en amarrarse una agujeta.

El hombre del otro lado de la calle no miró hacia acá. O quizá sí, pero se hizo el que no. Partió otro pedazo de pan y masticó despacio, con la vista en el suelo. Las risas siguieron un rato y luego se apagaron.

A la hora de la salida, mientras los padres recogían a los niños, yo me quedé ordenando las mesas del salón de manualidades. Por la ventana vi al mismo hombre llegar caminando, todavía con las botas llenas de polvo blanco. Traía en una bolsa dos duraznos amarillos. Se los dio a Camila y le dijo algo que no alcancé a oír; ella los guardó en la mochila sin levantar la vista y se fueron juntos calle abajo.

A la mañana siguiente Camila llegó a la misma hora de siempre, pero traía una bolsita de plástico de esas que dan en las panaderías, sin lonchera. Se sentó en su lugar y trabajó en su dibujo sin hablar de más, aunque en un momento me pidió permiso para guardar la bolsa en el refrigerador de la cocina, junto a los almuerzos de los demás. Cuando llegó la pausa de la comida, a la una en punto, los niños salieron otra vez al área de juegos con sus recipientes, sus sándwiches y sus juguitos. Camila pidió permiso para ir al baño y regresó con su bolsa. Se sentó sola en una banca, sacó el bolillo, los dos jitomates y una servilleta doblada en cuatro.

Los otros la vieron. El mismo flaquito del día anterior soltó una risita:

—¿Otra vez pan con tomate?

Camila se puso de pie. Le temblaba la mano derecha —la vi temblar, apretada contra la falda— pero habló de todos modos, con frases cortas, como si las hubiera ensayado de noche y aun así se le trabaran.

—Ayer se rieron de mi papá. Por comer esto.

Se quedó callada un segundo, viendo el suelo.

—No es chiste. Es su trabajo.

Se hizo un silencio raro en el patio. Yo dejé mi taza de café sobre la mesa y me acerqué unos pasos, sin interrumpir.

—Él carga cemento. Todo el día. En bolsas de noventa y cuatro libras, de esas grises, Quikrete se llaman. Yo las he visto en la troca. —Se limpió la nariz con el dorso de la mano—. Entra a las seis de la mañana. Come esto para que a mí no me falte nada.

Un chico bajó la vista hacia su propio sándwich. La niña que el día anterior había hecho la mueca de asco dejó de masticar su burrito, pero no dijo nada; se quedó mirando el pan a medio morder como si ya no supiera qué hacer con él.

—Es un tomate nomás, ya sé —dijo Camila, levantando uno—. Pero es lo que él no come para que yo sí coma.

Le tembló la boca al final de la frase. No lloró. Se sentó otra vez, de golpe, como si las piernas le hubieran fallado.

En ese instante, por la cerca del estacionamiento, apareció el hombre. Traía en la mano una gorra de tela con el logo de DeWalt, la había encontrado en el asiento de la troca y venía a dejársela para que no anduviera con la cabeza descubierta bajo aquel sol. Se detuvo junto a la puerta de tela metálica, sin atreverse a entrar porque se notaba que se sentía sucio.

Camila lo vio y corrió hacia él.

—¡Papá!

—Estoy todo empolvado, mija… —murmuró él, dando un paso atrás.

Ella no lo soltó. Lo tomó de la mano, una mano grande, morena y agrietada, y lo llevó hasta donde estábamos todos. Los niños se abrieron en un círculo sin que nadie se los pidiera, aunque dos de ellos se quedaron atrás, cerca de la cerca, sin acercarse del todo.

—Él es mi papá —dijo Camila.

El flaquito que había estado riéndose se paró, se rascó el brazo y dijo, sin mirarla de frente:

—Perdón, Camila. Yo no sabía.

Nadie más dijo nada. La niña del burrito bajó la vista otra vez a su comida. Otro niño se quedó jugando con el popote de su juguito, como si no hubiera escuchado.

Yo me quedé de pie a un lado, con la toalla de cocina todavía colgada al hombro. Vi a ese hombre, con la gorra apretada entre los dedos, sin saber dónde poner la mirada. No estaba acostumbrado a que lo vieran ahí, entre columpios y mesas de plástico, con la ropa de trabajo puesta.

Cuando el grupo se deshizo y los niños volvieron a sus bancas, Camila le dijo algo al oído a su papá. No alcancé a escucharlo. Los dos salieron por la puerta del estacionamiento y cruzaron la calle. Me asomé un poco por la ventana, sin que se dieran cuenta.

Se sentaron en el mismo borde de la banqueta de la obra. Camila abrió la bolsa con el pan y los jitomates. Él sacó el bolillo partido y, como siempre, le dio la mitad más grande.

—Tú come más, mija —dijo.

Camila negó con la cabeza. Agarró el pan, lo partió de nuevo y puso las dos mitades una junto a la otra, calculando con los ojos que quedaran iguales. Mordió un tomate y le pasó el otro a su papá.

—No, papá. Hoy mitad y mitad.

Él se quedó viéndola un momento, con el tomate en la mano manchada de yeso. Después le dio una mordida.

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