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El espejo de la cocina de Rosario

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El espejo del pasillo

Veintiséis años llevaba Marisol Aguayo casada con Ernesto cuando se quedó parada frente al espejo del pasillo, todavía con el mandil puesto, un jueves de julio en El Paso. No fue un día especial. No había pasado nada esa mañana, salvo lo de siempre: sacar la basura antes de que llegara el camión a las siete, dejar la ropa en la lavadora, calentar el café que Ernesto ya se había tomado a solas viendo las noticias de Univisión con el volumen demasiado alto.

Se miró y no reconoció del todo lo que vio. El pelo amarrado con la primera liga que encontró. Los lentes que se le resbalaban por la nariz. Las manos ásperas, con una curita en el índice de picarse cortando cebolla la noche anterior. Al lado del espejo, colgaba la foto de su boda, marco dorado ya despintado en una esquina: ella con veinticuatro años, vestido prestado de su prima Yolanda, riéndose de algo que ya no recordaba qué era.

No fue la edad lo que le dolió. Fue darse cuenta de que llevaba meses, quizá años, sin verse a sí misma como algo más que la persona que resolvía cosas. La que se acordaba de la cita del dentista de su hijo Marcos, aunque Marcos ya tenía veintidós años y vivía en Austin. La que sabía qué día tocaba pagar el agua. La que dejaba la cena lista aunque nadie se lo agradeciera en voz alta.

Esa tarde, mientras doblaba toallas en la sala, se lo dijo a Ernesto con una calma que le costó fabricar.

—Quiero que salgamos. Tú y yo. Como antes. Hay un lugar nuevo en el centro, cerca del río, dicen que tienen buena carne asada.

Ernesto ni levantó la vista del control remoto.

—¿Para qué.

—Para nada en especial. Para vernos.

Él apagó el televisor un segundo, la miró de arriba abajo —el mandil, las chanclas, el pelo— y soltó una risa corta, sin gracia.

—Mírate. No puedes ir así a ningún lado. Y yo tampoco pienso llevarte así.

—Ernesto, acabo de terminar de limpiar la cocina. Dame una hora, me arreglo, me pongo el vestido azul—

—Da igual el vestido. —Se levantó, fue a la cocina por una cerveza, y desde ahí, sin mirarla, remató—. La verdad, Marisol, a veces me da pena salir contigo. Ya no eres la misma.

Se quedó con el trapo de cocina todavía en la mano. No lloró de inmediato. Lo hizo después, en el baño, con el grifo abierto para que no se oyera, sentada en el borde de la tina con la vista fija en el azulejo despostillado que llevaban tres años prometiendo arreglar.

Esa noche no durmió. Se quedó despierta pensando en las tres de la mañana que pasó en la sala de espera del Hospital Metodista cuando a Marcos le dio apendicitis, en las facturas que había organizado sola durante los dos años que Ernesto estuvo sin trabajo fijo, en los cumpleaños de su suegra que nunca se le olvidaron aunque a él sí. Pensó también, sin venir a cuento, en el perro del vecino, un labrador viejo que ladraba cada noche a las nueve en punto como si tuviera reloj, y en cómo esa noche el ladrido le pareció casi un consuelo: algo seguía su curso normal en el mundo, aunque el de ella se hubiera partido.

No decidió nada esa madrugada. Pero algo se movió.

Las semanas siguientes fueron raras. Ernesto actuaba como si no hubiera dicho nada. Le pedía que le sirviera el café, comentaba el partido de los Astros, dormía de espaldas a ella como siempre. Marisol seguía haciendo lo mismo —la casa, la comida, las cuentas— pero por dentro llevaba la cuenta de otra cosa. De cuántas veces él la interrumpía. De cuántas veces decidía por los dos sin preguntarle. De la última vez que le había dicho que se veía bien, y no lograba recordar la fecha.

Habló con su hermana Dalia por teléfono un domingo, sentada en el porche trasero mientras el sol de agosto le quemaba los tobillos.

—Llevo veintiséis años siendo la que sostiene todo. Y él me mira como si yo fuera el mueble que ya no combina con la sala.

—¿Y qué vas a hacer?

—No sé. Pero no puedo seguir pidiéndole permiso para sentirme viva.

Dalia no le dio consejos. Solo le dijo: "Cuando estés lista, avísame, tengo el cuarto de atrás libre."

Pasaron dos meses más. Un sábado de octubre, Ernesto llegó de trabajar en el taller —tenía un pequeño negocio de mecánica en la calle Baker, cerca del puente— y encontró la casa distinta. No vacía del todo: sus cosas seguían en el clóset, sus herramientas en el garaje. Pero la mesa de la cocina tenía encima un sobre con su nombre y, al lado, las llaves de la camioneta que él usaba para el trabajo, la que estaba a nombre de los dos.

Adentro del sobre había una carta breve, escrita a mano, y una copia de un documento del banco: Marisol había cerrado la cuenta conjunta que tenían desde hacía dieciocho años y había abierto una propia esa misma semana en el Wells Fargo de la avenida Broadway. Se había llevado la mitad exacta de los ahorros, once mil cuatrocientos dólares, cifra que había discutido y verificado con el abogado que le recomendó Dalia. También había dejado, doblada encima del sobre, la foto de la boda, sacada del marco dorado.

Ernesto se quedó parado en la cocina con el sobre en la mano. Llamó al celular de Marisol cuatro veces esa tarde. Ella no contestó ninguna. A la quinta, cuando ya eran las nueve de la noche, contestó.

—Marisol, ¿qué es esto? ¿Adónde te fuiste?

—A casa de Dalia. Por ahora.

—¿Por ahora? ¿Y la camioneta, y el banco, tú no puedes hacer esto sola—

—Ya lo hice, Ernesto. Firmé todo con un abogado. Está en regla. La mitad es mía, siempre lo fue.

Hubo un silencio largo. Se oía, del otro lado, la tele de fondo, apagándose de golpe.

—Esto es por lo que dije aquella vez. Del restaurante.

—Es por eso y por todo lo de antes. No fue una frase, Ernesto. Fue veintiséis años resumidos en una frase.

—Yo no quise decir—

—Sí quisiste. Y yo te escuché, después de tantos años de no hacerlo.

Colgó. No con rabia. Con la misma calma que había usado meses atrás para pedirle una cena.

Ernesto se presentó dos días después en casa de Dalia, tocó el timbre, se quedó en el porche con la gorra en la mano pidiendo que hablaran, que lo pensara, que veintiséis años no se tiraban así. Marisol salió, se quedó del otro lado de la puerta mosquitera, sin abrirla del todo.

—No te odio, Ernesto. Pero no voy a volver a ser la mujer que limpiaba la cocina esperando que alguien la mirara.

Cerró la puerta. No de un portazo. Despacio, con el pestillo puesto.

Hoy Marisol renta un apartamento pequeño de un cuarto en la calle Grove, paga trescientos ochenta dólares al mes de su parte del alquiler que comparte con Dalia todavía unos meses más, hasta juntar para irse sola. Trabaja medio tiempo en una farmacia y los martes va a clases de contabilidad en el community college. Tiene la foto de la boda guardada en una caja, no en la pared. En su cuarto nuevo colgó otro espejo, comprado en una venta de garaje, sin marco dorado. Esa mañana de martes, antes de salir hacia el community college con los libros bajo el brazo, se detuvo frente a él un segundo, se acomodó el cuello de la blusa y apagó la luz al salir.

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