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Mariana decidió quedarse con el cepillo de dientes del hotel

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La primera vez que entré al departamento de Esteban sentí que estaba profanando un templo. Todo olía a cuero nuevo y a ese silencio raro de los lugares donde nadie se ríe en voz alta. Las toallas del baño formaban una torre perfecta, los controles remotos estaban alineados sobre la mesa de centro como soldaditos de juguete, y los cojines del sofá parecían recién planchados. Él me guió con orgullo por la sala, me mostró la terraza, la parrilla eléctrica que nunca había usado. Cada cosa en su lugar. Demasiado perfecto.

Yo acababa de mudarme a Austin desde El Paso porque me ofrecieron dirigir un taller de cerámica en la universidad, y todavía dormía sobre un colchón inflable en una casa a medio pintar. Mi vida era un desorden absoluto, pero un desorden vivo, lleno de proyecto y de ganas.

Él me gustó enseguida. A sus cuarenta y nueve años, Esteban era cirujano plástico, divorciado y sin hijos, con esa seguridad que da saberse dueño de cada minuto. En las primeras citas era atento, pedía vinos que yo ni sabía pronunciar, me abría la puerta del auto y todo eso que una no sabe si es caballerosidad o costumbre. Me dejé llevar.

Un sábado al mediodía, después de pasar la noche juntos en su casa, me levanté descalza, fui a la cocina, abrí una alacena y saqué un paquete de café. Él apareció detrás de mí con el ceño apenas fruncido.

—Ese café es descafeinado, yo a la mañana tomo el otro. El de la lata dorada —dijo, y me lo cambió de la mano sin preguntar.

Me reí por no hacer un drama. Pero no era solo el café. Cuando quise poner algo de música en su equipo de sonido, me pidió que mejor usara el parlante del teléfono porque no le gustaba que tocaran los botones del estéreo. Y la noche anterior, mientras yo me duchaba, él había doblado mi ropa sobre la silla del dormitorio en una pila simétrica, como si fuera una huésped que ya tenía hora de salida.

Así fue como empecé a notar la lista invisible de reglas.

A la tercera semana me dijo, con esa calma suya que a mí ya me empezaba a crispar los nervios:

—Mariana, mira, esto entre nosotros está funcionando muy bien, ¿no? Por eso quiero ser claro. Me encantaría que vengas los martes y los viernes después del trabajo. Cenamos, vemos una película, lo que quieras. Pero el resto de los días necesito mi espacio, mi rutina. No me malinterpretes, pero no estoy listo para compartir el correo, las compras del súper, el cajón de las medias. Cada uno en su casa. Lo nuestro es lindo así, sin enredos.

Lo soltó mientras partía un aguacate en la cocina, sin mirarme, como si estuviera pactando un turno de tenis. Se me quedó grabada la frase exacta: “Lo nuestro es lindo así, sin enredos”. Como si el amor fuera algo que no debe dejar migas.

Yo no supe qué responder. Me tomé el resto del café, ese que él elegía para mí, y me fui a mi casa con el nudo en la garganta. No era tristeza, era humillación. La sensación de que yo era un accesorio, un servicio de streaming de compañía afectiva un par de veces por semana.

Un mes después conocí a Gabriel.

Gabriel era dueño de una marisquería en la calle South First, un tipo grande de manos gruesas que olía a especias y a mar. Tenía un hijo adolescente que vivía con él semana por medio, y una risa que le salía desde la panza. Con él todo era ruidoso, imperfecto, lleno de platos sucios y mensajes de texto a cualquier hora. Nos conocimos un domingo en el mercado de productores porque los dos quisimos comprar las últimas remolachas y nos tocó compartir la bolsa.

Gabriel no pedía permiso para entrar a mi vida; simplemente aparecía. Me llamaba a las diez de la noche para ver las estrellas en la terraza de mi casa porque había escuchado que iba a llover toda la semana. Me mandaba fotos de pescados raros que le llegaban al restaurante. Una tarde llegó con una caja de herramientas y me arregló la puerta del armario sin que yo se lo pidiera. Nunca tuve que adivinar las reglas, porque no las había. Si me invitaba a su casa, me abría la heladera y me decía: “Sírvanse lo que quieran, yo estoy hasta las manos con las empanadas”.

Y entonces se presentó el verdadero dilema: ¿quién de los dos era realmente maduro? Porque al principio todas mis amigas me decían que Esteban era un partidazo. “Mija, un médico, serio, con casa propia, que no te presiona”. Pero lo que ellas llamaban “estabilidad” yo ya lo había sentido en carne propia y sabía que tenía otro nombre: miedo. Miedo a que una mujer le moviera un solo plato de su vitrina y él ya no supiera quién era.

A los cuatro meses, a Gabriel le ofrecieron un local más grande. El problema era que quedaba en San Antonio, a dos horas de Austin. Lo vi dudar. No por el negocio, sino por mí. Una noche, mientras cerrábamos la marisquería y él limpiaba la plancha, me dijo:

—Mira, Mariana, yo llevo diez años levantando esto. Pero si me voy a San Antonio y tú te quedas acá, esto no sirve de nada. Podemos hacer una cosa: yo me llevo el restaurante, tú te vienes conmigo y pones tu taller allá. O si no, me quedo aquí y busco otra opción.

Se lo dije muy en serio: —Gabriel, yo no te pido que dejes todo por mí.

Él se secó las manos en el delantal, me miró con esa calma que sí era calma y no control, y me soltó:

—Ay, mujer, yo no estoy dejando nada. Estoy eligiendo. Que es distinto. Yo quiero una vida contigo. Y la vida se arma con lo que uno tiene, no con lo que uno guarda.

Eso fue en marzo. A principios de mayo vendió la marisquería de Austin y se mudó. No fue fácil. Hubo semanas de estrés, días en que el banco llamaba, noches en que estábamos los dos tirados en el piso de la sala comiendo pizza de caja porque no teníamos muebles. Pero cada vez que algo se torcía, Gabriel me agarraba la mano y me decía: “¿Sabes qué, mi amor? Esto es mejicano, otra vez nos estamos mudando. Somos como tortuga con casa a cuestas”.

Una tarde apareció Esteban.

Fue en San Antonio, tres meses después de que me mudara. Me escribió que estaba en la ciudad por un congreso y que si podíamos tomar un café. No sé por qué le dije que sí. Quizás por morbo, quizás para medir mi propia cicatriz. Nos vimos en el lobby de su hotel, elegante como siempre, con el reloj brillándole en la muñeca y esa sonrisa ensayada.

—Te ves bien —me dijo—. Ojalá hubiéramos podido seguir con lo nuestro. Tú eras la compañía perfecta, sin toda la complicación de una pareja.

Me quedé callada. Pedí un té. Y de repente, sin planearlo, me reí. Me reí bajito primero, luego con ganas. Él me miraba desconcertado.

—¿De qué te ríes?

—De que para ti “sin complicación” era que yo dejara mi cepillo de dientes en mi casa, Esteban. Que nunca hubiera un par de zapatos míos en tu clóset, ni una taza de más en tu alacena. Eso era lo que tanto cuidabas.

Él abrió la boca, pero yo seguí:

—¿Sabes qué? Gabriel no tiene mi cepillo de dientes en su baño. Ahora tenemos uno solo, uno eléctrico con dos cabezales intercambiables, y de hecho le puse una calcomanía de un ajolote rosado. Queda horrible, pero él se ríe cada vez que lo ve. Y te cuento esto no para hacerte sentir mal, sino para que sepas que la vida sin enredos no es vida. Es un catálogo.

Se hizo un silencio largo, de esos que ya no duelen. Pagué mi té, le di un beso en la mejilla y me fui. No sé si él pidió otro café o se subió directo a la habitación.

Cuando llegué a casa, Gabriel estaba en el patio trasero lijando una mesa de madera que habíamos encontrado en un mercado de pulgas.

—¿Cómo te fue con el amigo? —preguntó sin levantar la vista del lijado.

—Bien —dije, y me senté en el escalón con un vaso de agua de jamaica—. Mejor de lo que esperaba.

—¿Qué pasó?

—Nada. Me di cuenta de que ya no tengo que pedir permiso para dejar mi cepillo de dientes.

Gabriel dejó la lija, me miró con una ceja levantada y sonrió.

—Qué bueno, flaca. Porque si no, ¿cómo diablos te ibas a cepillar?

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