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Ya no era solo mi gata
Desde enero dejaba un plato de comida en la entrada de mi casa en Albuquerque. No era para nadie en particular. Era para una gata callejera que aparecía entre los matorrales del patio trasero cuando el sol ya caía detrás de los álamos.
La primera vez que la vi, se notaba que la vida no le había regalado nada. Las costillas se marcaban debajo del pelo gris, y si yo hacía un movimiento brusco detrás de la ventana, ella salía disparada hacia la acequia seca que corre al fondo del vecindario. Podía pasar media hora escondida antes de asomarse otra vez.
Todas las mañanas salía en bata, con el café en una mano y el plato en la otra. Se lo dejaba junto a la maceta de romero que mi mamá me trajo de El Paso. Y me quedaba espiando desde la cocina, sin prender la luz para que no se asustara. Ella se acercaba dando pasos cortos, se quedaba quieta unos segundos, olía el aire y solo entonces comía. Comía como si no supiera cuándo iba a volver a probar algo.
Con las semanas se le empezó a notar la panza. Primero pensé que por fin estaba subiendo de peso. Luego fue imposible no darse cuenta: venía cargando crías.
Mi vecina Rosa me dijo un sábado, mientras regaba las caléndulas que tiene junto a la reja:
—Eso le pasa por andarle dando de comer. Ahora va a tener más gatos callejeros en el barrio, y va a ser culpa tuya.
Le dije que no podía dejar de alimentarla. No ahora. Si vino a parir tan cerca de mi casa era porque aquí se sentía protegida. Yo no iba a quitarle el plato justo cuando más lo necesitaba.
Rosa chasqueó la lengua y se metió a su casa.
Después la gata desapareció.
Pasaron seis días. Cada mañana yo volvía a llenar el plato y cada noche encontraba la comida seca, apelmazada por el sereno. No sabía si estaba viva. Me metí dos veces a la acequia con una linterna, apartando ramas, llamándola con esa voz tonta que uno usa con los animales. El vecino de atrás, el que arregla trocas, me gritó desde su cochera:
—¿Marina, se te perdió algo?
—Nada —le dije—. Solo ando buscando una gata.
Me vio raro, pero no le di explicaciones.
Al séptimo día, como a las seis y cuarto de la mañana, escuché un rasguido suave en la puerta trasera. Primero pensé que era el perro de los Salazar, que siempre se escapa. Abrí.
Era ella.
Traía algo en la boca. Un bulto chiquito, oscuro, que apenas se movía.
Se quedó en el marco de la puerta un instante, como pidiendo permiso. Luego pasó, caminó por la cocina, directo a la alfombra que está junto al refrigerador, y depositó aquello con un cuidado que no le había visto en todo el invierno. Una cría. Una bola gris, húmeda, con las patitas encogidas.
Y se me quedó mirando. No con miedo. Me miraba como se mira a la persona que tiene que resolver algo.
Me arrodillé en el piso. No hice ruido. La gata se acomodó alrededor de la cría, la lamió un par de veces y luego se quedó quieta, respirando fuerte. Le puse una toalla vieja debajo. Ella no se movió.
Esa noche dormí en el sofá.
A la mañana siguiente fui a la tienda de mascotas por la avenida Central. Compré una cama redonda, de esas de felpa, un bote de leche de fórmula y dos cobijas de las más suaves. El total fue de ciento ochenta y dos dólares con impuestos. No me importó. La cajera, una muchacha joven con las uñas largas, me preguntó si era para un gatito recién nacido. Le dije que sí, que como de un día. Me recomendó un biberón chico y un paquete de toallitas húmedas.
Regresé a casa con tres bolsas y la sensación de que algo se movía dentro de mí, algo parecido a las ganas de llorar pero sin tristeza.
Cuando entré, la gata estaba en el mismo rincón. La cría pegada a la panza, mamando con prisa, apretando las patitas contra el cuerpo de la madre.
Dejé que pasara una hora antes de moverme. Luego me acerqué para acomodar la alfombra y ella solo bajó las orejas un poco, sin tensarse. Comió del plato que le dejé al lado. Comió despacio, con pausas, sin voltear hacia la puerta.
La vi y se me llenaron los ojos de lágrimas. Me limpié con la manga de la sudadera y seguí ordenando la esquina.
Todavía no sé si hay más crías. Rosa dice que las gatas paren hasta seis. Pero Rosa también dijo que yo estaba alimentando un problema, y no pienso volver a preguntarle nada.
Si hay más, las vamos a recibir.
Esta mañana me levanté temprano y fui a la veterinaria de la calle Indiana. Pedí una cita para revisar a la gata y a la cría. La recepcionista me dijo que el doctor podía verme el martes a las diez. Anoté la hora en un papelito que pegué en la puerta del refrigerador. Anoté también el costo de la consulta: cincuenta dólares. Debajo, con letra más chica, escribí: “traer cobija de la camioneta”.
Desde enero, lo único que le di a esa gata fue comida y paciencia. Y resultó que con eso alcanzó. Confió lo suficiente como para traer a su cría hasta mi cocina. No sé cómo lo decidió. Tal vez me observó más de lo que yo creí. Tal vez sintió el mismo silencio que yo sentía en esta casa.
Ahora está ahí, en la esquina, con el lomo pegado a la pared y los ojos a medio cerrar. El gato chiquito encontró el pezón y hace ruiditos de succión que se escuchan en toda la cocina.
Hoy vino Rosa a tocar la puerta para pedirme prestada una extensión eléctrica. Le abrí con la gata en brazos. Ella miró al animal, luego a mí, y no dijo nada.
—Ya llegó —le dije—. Se llama Niebla.
Rosa levantó las cejas.
—¿Y el otro?
—Mañana la llevo a la vet. A ver cuántos vienen.
No me quiso prestar la extensión. Mejor. Que compre la suya.
Cerré la puerta y me quedé un momento ahí parada, con Niebla ronroneando contra mi pecho. Volteé a la cocina. La cría dormía boca arriba, con la panza llena, moviendo una pata de vez en cuando.
Saqué el teléfono y pedí un pollo asado por internet. Total con la propina: veintitrés ochenta.
Mientras esperaba la entrega, busqué en el banco cuánto tenía libre. Había suficiente. No mucho, pero suficiente.
Este fin de semana voy a poner una malla en la ventana del cuarto de lavado para que no se salgan. Y el lunes pido una caja de arena por la app de la tienda. Entrega en dos horas, si no hay tráfico en la interestatal.
La gata se estiró en mi regazo y cerró los ojos.
Afuera, el perro de los Salazar empezó a ladrarle a una ardilla.
Y yo me quedé sentada un rato, escuchando la casa. Que ya no estaba tan callada como antes.
