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El asado que nadie probó
Me quebré el tobillo derecho un martes de abril, resbalando en el estacionamiento del H-E-B, y el ortopedista de la Clínica San Rafael, en el sur de San Antonio, fue clarísimo: reposo, pierna elevada, cero peso sobre esa bota ortopédica por al menos seis semanas si no quería terminar con una placa de titanio. Yo lo escuché, asentí, y hasta pedí que me lo anotara en un papel para pegarlo en el refrigerador. Lo que no imaginé es que ese papel terminaría tapado por una lista de compras para treinta invitados.
Mi esposo, Rogelio, cumplía cuarenta y dos años el primer sábado de mayo. Llevábamos catorce años casados, dos hijos adolescentes y una casa en Southside con alberca que él mismo había mandado poner hacía tres veranos, como si fuera trofeo de algo. Una noche, mientras yo tenía la pierna sobre dos almohadas frente al televisor, se paró en el marco de la puerta con el teléfono en la mano y dijo, casi de pasada, como quien comenta el clima:
—Ya invité a los treinta. Va a ser fiesta de alberca. Necesito que hagas las boquitas, los platos fuertes, el pastel… y no se te olviden las margaritas, que a mi hermano le encantan las tuyas.
Me quedé viendo la bota ortopédica, gris, rígida, todavía con el olor a plástico nuevo, y le pregunté si hablaba en serio. Le recordé lo que había dicho el doctor. Le dije que yo pensaba que íbamos a celebrar con una cena chica, aquí en la casa, nada más la familia.
Se rió. No con maldad, según él, sino con esa risita que usa cuando cree que uno está exagerando.
—No te vas a morir, Marisol. Te sientas en un banco de la cocina y desde ahí cocinas. ¿Cena familiar? Yo quiero fiesta de verdad, no algo aburrido.
Intenté explicarle, otra vez, que cocinar para treinta personas con una fractura no es cosa de sentarse y ya. Que necesitaba las dos manos, que necesitaba pararme frente a la estufa, cargar ollas, moverme entre el refrigerador y la mesa cien veces en una tarde. Rogelio no quiso oír nada. Repitió lo mismo que ya me había dicho tres veces: contratar catering en Alamo Heights salía carísimo, "como para malgastar setecientos dólares en comida que la gente ni prueba bien", y que yo "de todos modos no iba a hacer nada más ese fin de semana".
El sábado del cumpleaños me levanté a las cuatro de la mañana. Afuera todavía estaba oscuro, y por la ventana de la cocina se alcanzaba a ver la luz amarilla del poste de la calle y, más lejos, el letrero verde del Stripes de la esquina, siempre encendido, siempre igual. Puse café, cargado, porque sabía que lo iba a necesitar.
Empecé con las boquitas: rollitos de jamón serrano, jalapeños rellenos, un dip de elote que a mis hijos les fascina. Después seguí con los platos fuertes —fajitas, arroz, una olla enorme de frijoles charros— y entre cada cosa me sentaba tres minutos en el banco alto que tengo junto a la barra, apoyaba la muleta contra la pared, y volvía a levantarme para revolver, voltear, probar. Con la mano libre —porque la otra siempre estaba en la muleta o agarrada de algo— batía, cortaba, servía. El perro del vecino, un labrador color canela que se llama Tostón, no dejó de ladrarle a las ardillas del patio de al lado en toda la mañana, y en algún momento hasta me hizo gracia, en medio de todo, que ese perro tuviera más energía que yo.
A media mañana ya llevaba horas sin sentarme más de cinco minutos seguidos. El pastel de tres leches lo hice al final, porque se me había quemado el primer bizcocho y tuve que empezar de nuevo, cojeando entre el horno y la mesa, con la bota golpeando el piso de baldosa cada vez que apoyaba mal. Rogelio, mientras tanto, ya estaba en la alberca con sus amigos, con una cerveza Modelo en la mano, riéndose de algo que alguien había dicho, sin asomarse ni una vez a preguntar cómo iba.
Fue entonces cuando entró a la cocina doña Herminia, su mamá. Había llegado apenas, cargando un ramo de flores para su hijo y una bolsa de regalo envuelta en papel dorado. Se paró en la puerta y me miró de arriba abajo: la bota, la muleta apoyada en la barra, el sudor en la frente, las ollas hirviendo, y me preguntó, con la voz un poco alterada, por qué yo estaba ahí, sola, parada frente a la estufa.
Le expliqué, sin drama, tratando de sonar tranquila, que Rogelio había insistido en que yo hiciera toda la comida para la fiesta. Vi cómo se le fue el color de la cara. No dijo una sola palabra más. Se dio la vuelta, dejó las flores sobre la barra sin ni siquiera acomodarlas, y salió directo hacia el patio.
Como diez minutos después se escuchó un grito desde afuera, tan fuerte que hasta los del jacuzzi de al lado debieron haberlo oído. Era la voz de Rogelio.
Caminé despacio hacia el patio, apoyándome en la muleta, con cuidado de no resbalar en el pasto mojado. Los treinta invitados estaban parados alrededor de la alberca, quietos, con los vasos a medio camino de la boca, como si alguien hubiera pausado la escena. Rogelio tenía la cara roja, roja de verdad, del cuello para arriba, y doña Herminia estaba frente a él con las manos en la cintura.
Lo que ella dijo después fue lo que lo hizo llorar delante de todos.
—Rogelio Antonio Vázquez —dijo, y usó su segundo nombre, cosa que solo hacía cuando de niño se portaba mal—, esta mujer se rompió una pierna hace tres semanas. El doctor le dijo que no cargara peso, que descansara. ¿Y tú qué hiciste? La pusiste a cocinar para treinta personas mientras tú andas aquí de fiesta con tus cervezas. Yo te crié mejor que esto.
Alguien soltó una risa nerviosa que se cortó enseguida, porque nadie más se rió. Rogelio intentó justificarse, dijo algo del catering, del dinero, de que "no era para tanto", pero doña Herminia no lo dejó terminar.
—Voy a decirte cómo va a ser esto ahora —siguió, sin gritar ya, pero con esa voz firme que no admite discusión—. Yo pagué esta fiesta. Ya hablé con el de la banda, con el de las bebidas, y ahora mismo voy a llamar a mi comadre Chelo, que tiene el negocio de banquetes en Pleasanton Road, para que traiga algo decente en menos de una hora. Y tú, mientras tanto, vas a entrar a esa cocina, vas a ayudar a tu esposa a sentarse, y le vas a servir tú a ella un plato. El primero. Delante de toda esta gente.
Rogelio se quedó parado un momento, con los invitados mirándolo, con el agua de la alberca goteándole todavía del short. Y entonces, algo se le quebró en la cara. Se le llenaron los ojos, delante de sus amigos, delante de sus compañeros del trabajo en la constructora, delante de su propia mamá. No dijo nada. Solo caminó hacia mí, despacio, y me tomó del brazo para ayudarme a llegar a una silla junto a la mesa.
Doña Herminia cumplió lo que dijo. Media hora después llegó una camioneta blanca con el logo de "Sabores de Chelo" pintado en un costado, y entre dos muchachos bajaron charolas de barbacoa, tamales, ensalada de nopales y una hielera enorme de agua fresca de jamaica. Los invitados, que ya se habían dado cuenta de todo, comieron en silencio al principio, y después, poco a poco, la fiesta volvió a agarrar ritmo, aunque distinto, más cuidadoso.
Yo me quedé sentada en esa silla, con la pierna estirada sobre otra silla, mientras Rogelio, todavía con los ojos hinchados, me traía un plato lleno hasta el borde de barbacoa y arroz, y se sentaba a mi lado sin decir nada, como esperando que yo hablara primero.
No hablé. Comí. Fue el primer plato que probé en todo el día, y fue el mejor que he comido en años, no porque supiera especialmente bien, sino porque, por primera vez desde que me quebré el tobillo, alguien más lo había cocinado para mí.
Esa misma semana fui con mi hermana a la oficina de un abogado de bienes raíces en Broadway, cerca del zoológico, y abrí una cuenta bancaria a mi nombre en el Frost Bank, algo que nunca había tenido en catorce años de casada. No fue por rencor. Fue porque entendí que necesitaba tener, aunque fuera un colchón de tres mil dólares, algo que dependiera solo de mí. Rogelio no lo supo hasta un mes después, cuando encontró el estado de cuenta sobre la mesa de la cocina, junto al plato donde ya nadie más volvió a servirme comida sin preguntar primero.
