Connect with us

ES

La cuerda que ya no la sostenía

Published

on

Rosa Elena Castellanos llevaba diecinueve años sin tocar un piano que no fuera el suyo, el viejo Yamaha vertical que su esposo Refugio le había regalado el día que cumplió treinta años, tres años antes de que un infarto se lo llevara mientras dormía. Ahora el piano acumulaba polvo en la sala de su apartamento en Reading, Pennsylvania, entre fotos de sus dos hijos ya crecidos y un calendario de la iglesia San Pedro donde marcaba con círculos rojos los domingos de misa en español.

Diecinueve años atrás había hecho la audición para el conservatorio comunitario de Allentown. Tenía treinta y dos, llevaba apenas dos años en el país con una green card ganada a pulso, y un sueño metido en la maleta desde Puebla que nunca había desempacado del todo. Tocó el Nocturno de Chopin con las manos temblando, se equivocó en un pasaje que había ensayado cientos de veces, y el jurado —tres personas serias detrás de una mesa con termos de café— le dio las gracias con esa cortesía fría que ya conocía de tantos rechazos en este país. No pasó. Y desde ese día, Rosa Elena decidió que el piano era para los domingos, para acompañar a su hija Yesenia cuando practicaba villancicos en diciembre, nunca más para ella.

Ese jueves de agosto, mientras el aire acondicionado de la lavandería automática de la calle Ninth zumbaba sin parar y ella doblaba las toallas de un cliente, su celular vibró con un mensaje de su comadre Alicia: "Oye, ¿viste esto? Están buscando pianista para el coro de la parroquia, pagan cuarenta dólares por misa." Rosa Elena leyó el mensaje dos veces, tres veces, y sintió ese nudo conocido subir por la garganta. No, pensó. Yo de eso ya no.

Fue esa misma tarde, caminando de regreso a casa por la avenida Perkiomen, cuando pasó frente al Zoológico de Reading —el pequeño zoológico municipal a dos cuadras de donde vivía— y se detuvo a ver algo que la dejó sin aliento. No eran los elefantes, porque ahí no había elefantes; era un caballo viejo, uno de esos que usan para paseos de niños los sábados, amarrado con una soga delgada a una estaca de madera clavada apenas unos centímetros en la tierra. El animal, enorme, con músculos que se marcaban bajo el pelaje, ni siquiera tiraba de la cuerda. Se quedaba ahí, quieto, comiendo pasto en un círculo perfecto que marcaba el límite de su cautiverio invisible.

Un empleado del zoológico, un hombre mayor de gorra desteñida que fumaba apoyado en la cerca, la vio observando y le dijo, sin que ella preguntara nada: "Ese caballo lo amarramos así desde potrillo. Se cansó de jalar y jalar sin lograr nada. Ahora ya podría arrancar esa estaca de un tirón." Rosa Elena no contestó. Se quedó mirando la estaca mal clavada, la cuerda floja, y siguió caminando sin decir nada más, con la imagen metida en el pecho como una astilla.

Esa noche sacó una funda de plástico del clóset, la que guardaba las partituras amarillentas de sus años en Puebla, y las puso sobre el atril del piano. Se sentó. Sus dedos, que llevaban años lavando ropa ajena y picando cebolla en la cocina del restaurante El Jarocho donde trabajaba los fines de semana, encontraron las teclas con una torpeza que le dolió más que el fracaso mismo. Tocó mal. Volvió a empezar. Volvió a equivocarse en el mismo compás de siempre, y esa noche cerró la tapa del piano de un golpe seco que despertó a Yesenia en el cuarto de al lado.

—¿Mamá? —Yesenia apareció en pijama, el pelo recogido con una pinza torcida—. ¿Qué haces despierta a esta hora?

—Nada. Vuélvete a dormir.

Yesenia se quedó parada un momento, mirando la funda de partituras abierta sobre el atril, el nombre de su madre escrito con letra de juventud en la esquina de una hoja. No preguntó más. Pero al día siguiente, mientras cenaban, soltó sin rodeos:

—Oí que llamaste a la iglesia. Lo del coro.

—Alicia me pasó el aviso.

—Mamá, cuarenta dólares por misa no es nada. Y las clases de refuerzo de matemáticas de Junior cuestan ciento veinte al mes. Ese dinero deberíamos meterlo ahí, no gastarlo en… —hizo un gesto vago hacia la sala— en esto.

—Nadie ha hablado de gastar nada.

—Pero lo vas a hacer. Te conozco. —Yesenia bajó la voz, no por rabia sino por algo más parecido a la vergüenza—. Mamá, tienes cincuenta y un años. La gente de la iglesia se va a reír si te equivocas ahí enfrente, en misa, delante de todos. ¿Qué necesidad?

Rosa Elena no contestó esa noche. Siguió lavando los platos con la espalda hacia su hija, y el chorro de agua caliente le quemó los nudillos sin que se moviera.

Practicó de todas formas, después de su turno en la lavandería, con la puerta de la sala cerrada para que nadie la oyera fallar. Llamó a la parroquia y les dijo que quería presentarse para el puesto. El padre Ignacio, un cubano de voz grave que llevaba veinte años en esa comunidad, le dijo que la escucharía el domingo antes de la misa de las once, y que había otra candidata: Marisol Tinajero, que daba clases particulares de piano en su casa de la calle Oley y tenía diploma del conservatorio de Ponce.

El domingo, Rosa Elena llegó veinte minutos antes y encontró a Marisol ya calentando los dedos en el piano de la sacristía, tocando un Chopin distinto, uno de los Estudios, con una limpieza que le cerró la garganta. Se sentó en una banca del fondo a esperar su turno, con las partituras de "Pescador de Hombres" dobladas y sudadas entre las manos. Cuando el padre Ignacio la llamó, sus piernas pesaban como si caminara contra el agua.

Se sentó frente al piano de la iglesia —un instrumento más viejo que el suyo, con una tecla del fa central que sonaba un poco desafinada— y empezó. En el segundo compás la mano izquierda se le fue a destiempo. Se detuvo. El padre Ignacio, sin levantar la vista de la libreta, dijo solamente: "Otra vez, desde el principio, sin apuro." Rosa Elena cerró los ojos un segundo, no para rezar sino para no ver a Marisol sentada tres bancas más allá, y volvió a empezar. Esta vez llegó hasta el final. No fue perfecto: se le fue el tiempo en un compás más, la tecla desafinada le arruinó un acorde. Pero terminó.

El padre Ignacio anotó algo, cerró la libreta y dijo: "Las dos tocan bien. Pero tú, Rosa Elena, terminaste. Eso vale." Le dieron el puesto esa misma tarde. Cuarenta dólares por misa, dos misas los domingos, ochenta dólares que decidió, ahí mismo en la sacristía, guardar sin decírselo a nadie.

Al salir, Yesenia la esperaba en el estacionamiento, recargada contra el carro con los brazos cruzados.

—¿Y bien?

—Me quedé con el puesto.

Yesenia no dijo nada. Abrió la puerta del copiloto, se subió, y todo el camino a casa se quedó viendo por la ventana sin hacer ningún comentario, ni de felicitación ni de reproche.

Al día siguiente Rosa Elena fue al First National Bank de la calle Penn y abrió una cuenta de ahorro solo a su nombre, algo que nunca había tenido en sus casi veinte años en el país porque todo, hasta el dinero, lo había compartido primero con Refugio y después, por costumbre, con sus hijos ya adultos que aún vivían con ella. El cajero, un muchacho joven que tecleaba sin mirarla, le preguntó el propósito del ahorro para el formulario. Rosa Elena dudó antes de contestar: "Para un curso."

Los domingos siguientes metió su paga en esa cuenta. Hubo noches, después de fallar la misma frase seis, siete veces, en que se quedó sentada frente al teclado sin tocar nada, con las manos apoyadas sobre las teclas frías, pensando que Marisol Tinajero tocaba mejor, que Yesenia tenía razón, que a los cincuenta y un años ya no se empieza nada. Una de esas noches marcó el número del Community College of Berks para preguntar por el curso avanzado de piano, y colgó antes de que contestaran. Lo hizo tres veces esa semana.

La cuarta vez dejó sonar hasta que una voz de mujer contestó del otro lado, y Rosa Elena, con la voz más firme de lo que sentía, dio su nombre completo y pidió información para inscribirse.

El primer día de clase llegó tarde porque se equivocó de salón dos veces, y entró cuando el profesor, un hombre de barba gris llamado Daniel Osei, ya había empezado con las escalas. Se sentó al fondo, entre estudiantes veinte y treinta años más jóvenes que ella, y durante la primera hora no tocó una sola nota, solo miró las manos de los demás sobre teclados electrónicos alineados en fila.

Con el tiempo dejó de sentarse al fondo. Sacó del clóset la funda de plástico con las partituras de Puebla y llevó tres a enmarcar a una tienda de la calle Fifth —las que más había tocado de joven— y las colgó en la pared de la sala, justo arriba del Yamaha, donde antes no había nada más que una mancha clara de pintura donde estuvo colgado un crucifijo que se cayó años atrás y nadie volvió a poner.

Una noche de martes, con tiza de gis todavía en los dedos por el pizarrón del salón donde practicaban teoría, llegó a casa y encontró a Yesenia sentada a la mesa de la cocina, con la tarea de Junior a medio revisar y la mirada fija en la puerta.

—Llegas tarde otra vez.

—El profesor se quedó explicando algo de compases.

Yesenia se levantó, fue hasta la sala, y se paró frente a las tres partituras enmarcadas como si las viera por primera vez, aunque llevaban ahí semanas.

—¿Por qué ahora, mamá? Después de tantos años de que el piano ni lo tocabas. ¿Qué cambió?

Rosa Elena se sentó frente al Yamaha, levantó la tapa y dejó los dedos quietos sobre la tecla del fa central, la que sonaba desafinada en la iglesia pero en su piano de casa sonaba justa. No contestó de inmediato. Empezó a tocar, despacio, el mismo pasaje del Nocturno que la había derrotado diecinueve años atrás, y esta vez no se equivocó. Cuando terminó el pasaje, se quedó con las manos sobre las teclas y dijo, sin voltear:

—¿Te acuerdas del caballo del zoológico, el de los paseos de los sábados? Lo amarran a una estaca que ya ni entra bien en la tierra. Podría arrancarla de un jalón, pero ya ni lo intenta. —Movió los dedos otra vez, un acorde simple—. Yo también me quedé parada en mi círculo mucho tiempo, mija. Ya me cansé de creer que la cuerda todavía aguanta.

Yesenia se quedó parada en el umbral de la sala, sin responder, y después de un rato salió sin decir nada, dejando la puerta del pasillo entreabierta detrás de ella.

Click to comment

Leave a Reply

Ваша e-mail адреса не оприлюднюватиметься. Обов’язкові поля позначені *

один × 1 =

Також цікаво:

FR36 хвилин ago

La maison silencieuse, étés 2007

J'habite au deuxième étage, juste au-dessus de l'appartement de la famille Lambert, rue des Tilleuls, dans le quartier de la...

EN1 годину ago

The Rope You Stopped Pulling On

Reggie Calloway had been the head baker at Milbrook's Family Diner in Asheville, North Carolina, for eleven years before he...

ES1 годину ago

La cuerda que ya no la sostenía

Rosa Elena Castellanos llevaba diecinueve años sin tocar un piano que no fuera el suyo, el viejo Yamaha vertical que...

FR3 години ago

Ce que Bastien a compris trop tard sur la forêt de Rambouillet

J'avais quarante-trois ans, un GPS professionnel dans mon sac à dos et douze ans d'expérience comme guide de randonnée. Alors...

ES4 години ago

# La deuda que se venció

Antes pensaba que lo peor que un hombre podía hacerle a su esposa era ignorarla en una fiesta. Ahora sé...

EN7 години ago

Next.

— The Debt My Father Never Told Me About The rain hadn't stopped since Tuesday, and by the time they...

FR7 години ago

# La clé qu’elle n’a jamais rendue

« Vous avez jusqu'à vendredi. Après, on change la serrure. » Élise Beaumont a répété cette phrase deux fois, comme...

UA8 години ago

Заголовок для звіту

**Три тижні на милицях: як весілля з тридцятьма гостями стало для одного одеського чоловіка найважчим уроком у житті** Я двадцять...