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No Lo Cambio por Nada

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La doctora Reyes cerró la carpeta con un gesto seco y se quitó los lentes. Rosa Marta ya sabía lo que venía.

—Señora Aguirre, los exámenes no mienten. El corazón se está apagando. No hay nada más que hacer.

Rosa Marta asintió una vez, apretó el bolso contra el estómago y salió al pasillo. Caminó sin ver los letreros, sin oír el altavoz que llamaba a los pacientes. Afuera, en los escalones de la clínica, las piernas le fallaron y se sentó. El sol de febrero pegaba en el cemento y ella no sentía ni calor ni frío.

Un muchacho se detuvo a su lado.

—Señora, ¿está bien? No puede quedarse ahí en el piso.

—Ya me voy —dijo ella sin fuerza.

Él la ayudó a pararse. Rosa Marta le dio las gracias bajito y empezó a caminar. A la tercera cuadra notó que un gato chiquito la seguía. Gris, flaco, con las costillas marcadas. Se detuvo y el animal se detuvo también, a dos metros, como pidiendo permiso.

—No traigo nada para ti —le dijo Rosa Marta.

El gato la miró y maulló una sola vez, cortito. Ella siguió caminando. El gato siguió atrás.

Vivía sola en un departamentito de la avenida Hubbard, en East Los Angeles. Tres maridos enterrados, cero hijos. La familia era una sobrina lejana en Phoenix que mandaba una tarjeta genérica cada diciembre. Los vecinos la saludaban sin saber su apellido.

Esa tarde el gato entró detrás de ella, como si hubiera vivido ahí toda la vida. Rosa Marta abrió una lata de atún, picó un pedazo de bolillo y le puso agua en un tazón de plástico. El gato comió sin levantar la vista y luego se subió al sillón color vino y se durmió hecho bolita.

—Mañana te regreso a la clínica —dijo ella en voz alta.

Pero al día siguiente no pudo. Le dolía el pecho, la presión andaba en 150 sobre 90, y no tenía ánimo ni para ponerse los zapatos. El gato se pasó la mañana a su lado, ronroneando sobre la cobija. Rosa Marta se quedó dormida y soñó con su segundo esposo, el que tocaba la guitarra en la cocina.

Pasaron tres días. Ella no había vuelto a la clínica. El gato tampoco se había ido.

La mañana del jueves, Rosa Marta se midió la presión: 118 sobre 76. Revisó dos veces. Sacudió el aparato y lo volvió a medir: 120 sobre 80. Hacía años que no veía esos números. Se quedó mirando la pantallita como si fuera un mensaje ajeno.

—Necesitas un arenero —le dijo al gato.

En la tienda de mascotas de la César Chávez Avenue compró el arenero más barato, una bolsa de arena y un ratón de peluche. Gastó treinta y un dólares con cuarenta. Al salir, le pareció que el aire le entraba más hondo.

El gato aprendió el arenero en un día. Por las noches, Rosa Marta se sentaba en el sillón a tejer carpetitas de hilo y el gato se acomodaba sobre sus piernas. El ronroneo le subía por las rodillas, por las caderas, hasta la espalda. Le puso nombre: Bebé.

Una tarde, mientras preparaba café de olla, Rosa Marta pensó en la muerte. No con miedo, sino con una pregunta incómoda: ¿qué pasará con Bebé cuando yo ya no esté?

Esa noche llamó a la señora Lupita, la que vendía veladoras en el tianguis de la calle San Fernando.

—Tengo un gato. Está chiquito. ¿No conoce a alguien que lo quiera?

—Déjeme verlo.

Lupita llegó al día siguiente con su bolsa de mandado. Vio al gato, flaco pero más llenito que antes, y torció la boca.

—Mire, doña Rosa, yo ya estoy vieja para andar cuidando animales. Pero conozco a una muchacha que trabaja en el mercado de pulgas. Le va a buscar casa.

Rosa Marta no quería, pero el dolor en el pecho le recordó el expediente en la clínica. Los números rojos del laboratorio. La voz de la doctora Reyes.

—Está bien —dijo—. Lléveselo el sábado.

El sábado por la mañana, Lupita metió a Bebé en una caja de cartón. El gato no entendía. Rosa Marta le puso la mano adentro y Bebé le lamió los dedos. Cerró la caja y se la entregó a Lupita sin abrir los ojos.

Esa noche no pudo dormir. La cama le sobraba por todos lados.

Pasó una semana. Los días se le fueron en ordenar cajones y tirar recibos viejos. El pecho seguía doliéndole. La doctora ya se lo había advertido: la medicina ya no hacía efecto.

El domingo, Rosa Marta fue al mercado de pulgas de la avenida Hubbard a buscar un vestido negro. Quería salir de este mundo presentable, no con la bata de casa. Sacó del banco doscientos dólares. Dinero que había juntado para una lápida modesta.

Caminó entre los puestos de ropa usada, de discos, de herramientas oxidadas. Al final, junto a la salida, había un mostrador con jaulas. Pájaros bobos, conejos, y una caja de reja donde dormían tres gatos flacos.

Uno de ellos levantó la cabeza.

Rosa Marta se detuvo en seco. Bebé. Más flaco, con una costra en la oreja izquierda y el pelo opaco.

—Bebé —dijo, y le tembló la voz.

El gato se paró y empezó a maullar contra la reja.

La mujer del puesto —una güera fornida con delantal de mezclilla— dejó el teléfono y se acercó.

—¿Le interesa? Son cuarenta dólares.

—Ese gato es mío.

—Aquí todos son de alguien hasta que se venden.

—Se lo di a la señora Lupita para que le buscara un hogar. No para que lo vendiera.

—Pues si lo quiere, cuesta cuarenta.

Rosa Marta miró al gato. Bebé metió la pata por la reja y rozó la manga de su blusa. Ella abrió la cartera, sacó unos billetes, los contó sobre la mesa: cuarenta dólares.

—Tenga. Ábrase.

La güera contó el dinero, le dio una caja y Rosa Marta metió a Bebé con cuidado. El gato se pegó a su pecho y empezó a ronronear ahí mismo.

De regreso, pasó a la tienda. Compró arenero nuevo, arena y una bolsa de croquetas de salmón. Otros cuarenta y dos dólares. Del vestido negro ya no quedaba nada.

Esa noche, mientras Bebé dormía en sus piernas, Rosa Marta sacó una libreta del cajón de la cocina. Una libreta verde, de rayas, con la pasta doblada. Ahí había anotado años atrás los números de teléfono de emergencia, el nombre de la funeraria, la lista de papeles.

La abrió en una hoja limpia y escribió con letra grande:

“Mi gato Bebé no se vende, no se regala, no se abandona. Si yo falto, quiero que vaya a vivir con alguien que lo quiera. Dejo doscientos dólares para su comida y su arena.”

Dobló el papel, lo metió en un sobre y lo pegó con cinta en la puerta de la cocina, a la altura de los ojos.

Pasaron dos meses. Rosa Marta volvió a la clínica para una revisión de rutina. La doctora Reyes le hizo un electrocardiograma y luego se quedó callada un rato, pasando páginas.

—Esto no coincide con lo de febrero, señora Aguirre.

—Pues ahí está el aparato. No lo inventé yo.

—Su presión está estable. El ritmo cardíaco, también. No entiendo.

—Yo tampoco, doctora. Será el gato.

La doctora la miró por encima de los lentes, sin entender.

—Tengo un gato —dijo Rosa Marta—. Bebé. Ronronea mucho. Dicen que eso hace algo con las frecuencias, no sé.

La doctora quiso decir algo, pero Rosa Marta ya se había puesto el chal tejido y sonreía de lado.

Una tarde, seis meses después, la sobrina de Phoenix apareció sin avisar. Venía a “arreglar papeles”, dijo. Rosa Marta la hizo pasar, le sirvió café de olla y le mostró el departamento en silencio.

La sobrina vio el sobre pegado en la puerta de la cocina.

—¿Qué es eso, tía?

—Léelo.

La muchacha lo leyó. Miró al gato dormido en el sillón, luego a Rosa Marta.

—¿Dejó doscientos dólares para el gato?

—Los dejé guardados en el banco. Si yo falto, es para él. Y si no quieres cuidarlo, se busca a otra persona. Pero Bebé no se queda solo.

La sobrina se quedó callada. Rosa Marta sirvió más café. Bebé se estiró, bostezó y volvió a cerrar los ojos.

Esa noche, Rosa Marta se sentó en el sillón con Bebé entre los brazos. Encendió el televisor, subió el volumen y lo bajó. No le interesaba nada. Sacó la libreta verde y tachó una línea: “Lápida modesta: doscientos dólares”.

Encima escribió con letra firme: “Bebé: doscientos dólares al año, por los que vengan.” Cerró la libreta y la puso sobre el sobre de la cocina.

El gato ronroneó tan fuerte que el sillón vibró. Rosa Marta se rió bajito, le rascó la barbilla y le acomodó la cobija.

—No te voy a cambiar por nada —le dijo—. Ni por un vestido negro.

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