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З життя

El Plato de Stella

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Yo fui quien la encontró primero. No el padre Tomás, no la señora Ramírez, no los vecinos que después contaban la historia como si la hubieran visto desde el principio. Yo.

Trabajo en la panadería de la calle Séptima, en Phoenix, Arizona. Todos los días a las cinco y media de la mañana ya estoy horneando las conchas y los cuernitos. En julio el calor entra por la puerta trasera como una ola, y aun así hay que prender el horno. A las seis menos cuarto abro la cortina metálica y ahí estaba ella. La primera vez. Sentada en el borde de la banqueta, mirando al otro lado de la calle, hacia el estacionamiento de la iglesia de San Juan Bautista.

Era una perrita vieja, de esas callejeras que en Phoenix terminan flacas y llenas de garrapatas. Pero ella no estaba flaca. Tenía su plato. Un plato de cerámica azul, de esos que venden en la pulga de la avenida Van Buren, con una greca pintada a mano. Yo lo vi desde la puerta: el plato estaba en la banqueta, limpio, sin agua, sin comida. Y ella sentada, sin moverse, viendo hacia la iglesia.

La dejé estar. Uno ve cosas raras en este barrio. La gente pasa, la gente se va, y a veces las mascotas se quedan esperando en las esquinas. Eso no es noticia.

Pero a los tres días ya me estaba haciendo ruido. Porque la perrita no se iba. Llegaba al atardecer, caminaba despacio arrastrando una pata, con el lomo gris y la mirada opaca. Traía el plato en el hocico. Lo dejaba en la banqueta, justo frente a la entrada del estacionamiento, y se sentaba. No ladraba. No se movía. Sólo esperaba, horas, a que algo saliera de la iglesia.

La conocí. No por mí, sino por mi comadre Sonia, que vive atrás del taller de llantas de la avenida 27. Sonia me dijo que la perrita se llamaba Stella. No estoy segura de que fuera su nombre de verdad. Creo que el padre Tomás le puso así después, cuando la historia ya andaba de boca en boca. Pero todos la llamábamos Stella.

Stella sí tenía dueña. No la veíamos en el barrio desde hacía semanas. Yo la recordaba de vista: una señora mayor, delgada, con una bolsa de mandado de tela y un rosario en la mano. Caminaba todos los días a las seis de la tarde por la calle Séptima, y la perrita iba detrás, con su plato azul colgando de una bolsita. La señora entraba a la iglesia para la oración de la tarde. La perrita esperaba afuera, en la banqueta, sentada junto a su plato.

Mi comadre me contó lo que sabía. La señora había muerto hacía como dos meses. Cosa de los pulmones. Estuvo en el hospital del condado varias semanas y de ahí ya no salió. La perrita —Stella, o como se llamara— nunca entendió. La gente decía que la iban a llevar a un albergue, que la iban a recoger de la casa, que un sobrino de no sé dónde iba a reclamar el departamento. Pero Stella se escapó de la casa y volvió al único lugar donde su dueña siempre regresaba.

Ándele, yo no soy de llorar por cualquier cosa. Pero el miércoles pasado hice algo que no tenía pensado. Eran como las siete de la tarde, la cortina de la panadería ya estaba abajo y yo me quedé un rato barriendo la entrada. Vi que Stella estaba en su lugar, el plato azul en la banqueta, y que el padre Tomás salió de la iglesia, atravesó el estacionamiento y se le acercó. Traía algo en la mano. Un pedazo de bolillo, me pareció. Ella ni lo olió. No le interesó la comida. Tenía los ojos fijos en la puerta de la iglesia, en la luz que se encendía y se apagaba cada vez que alguien entraba o salía.

Decidí acercarme. No sé por qué. La verdad yo no hablo mucho con el padre, nomás lo saludo los domingos. Le pregunté si sabía de quién era. Me dijo que sí, que la señora se llamaba Julia Ortega, que llevaba años viniendo a la oración, que la perrita la acompañaba desde que era cachorra. La habían visto a la salida: la señora se agachaba, le rascaba detrás de la oreja y le decía algo que no se alcanzaba a escuchar desde el otro lado de la calle. Luego las dos se iban juntas, la mujer con su bolsa y la perrita cargando el plato.

El padre Tomás me dijo que una vecina le dejaba comida y agua en la entrada de la casa, pero Stella ni probaba nada. Que por las noches se regresaba a la banqueta y ahí amanecía. Que la perrita no buscaba a nadie más. Nada más estaba esperando a que la puerta de la iglesia se abriera para ver si la señora Julia salía.

No voy a decir que se me llenaron los ojos en plena banqueta. Pero me tuve que regresar al mostrador con el pretexto de que estaba sonando el teléfono.

El viernes la volví a ver, ya más tarde, como a las ocho y media. La puerta principal de la iglesia estaba entreabierta. Stella se levantó de la banqueta, caminó con su pata mala y entró. Yo me quedé afuera, viendo. No soy de meterme. Me asomé un poquito nomás.

Stella caminó despacio por el pasillo, entre las bancas. La iglesia estaba vacía y apenas alumbrada por las veladoras. Al lado del altar, sobre una mesita con un mantel blanco, había una foto de la señora Julia, con flores de plástico alrededor. No era velorio. Era un altar. El padre Tomás lo había puesto ahí esa semana, yo me acuerdo porque mi comadre Sonia me platicó que estuvo preguntando quién tenía una foto de la señora.

Stella se detuvo. Se acercó a la mesita. Olfateó el borde, la esquina del mantel. Se quedó parada un momento y luego se echó entre las patas. Se recargó un poquito contra la pata de la mesa. Cerró los ojos. Ahí se quedó dormida.

Yo salí sin hacer ruido. Dejé la bolsa de pan que traía para el padre sobre una banca de atrás y me fui caminando a mi casa, por la calle Séptima, con las chanclas raspando el pavimento.

No sé por qué me puse a limpiar el plato esa noche. Es que yo cierro la panadería a las siete y media, friego charolas, trapeo. Y en vez de colgar el trapeador me salí otra vez a la banqueta. El plato seguía ahí, azul, con la greca deslavada. Le eché agua de mi botella. Lo volví a dejar.

El lunes ya no vi a Stella.

Ni el martes.

El miércoles le pregunté al padre Tomás. Me dijo que la había visto por la mañana, echada en la banca de la esquina, en la mera sombra del mezquite, junto a un montón de ropa que alguien sacó de la casa de la señora Julia. Ropa de donación, de esa que dejan en bolsas negras para el albergue. Stella estaba recargada sobre una chamarra de lana. La chamarra de la señora, me dijo el padre, porque todavía olía a su perfume. La perrita ya no se movía.

No sé qué sentí. No era mi perra. Ni siquiera la conocía bien. Pero me acuerdo de que me quedé parada en la banqueta, con el trapeador en la mano, viendo el plato azul. Lo levanté. Estaba frío.

Entre el padre y un muchacho del taller de llantas la enterraron en un pedazo de tierra atrás de la iglesia. No fue cosa de un día. Yo me enteré hasta el sábado por mi comadre, que fue y me contó que le pusieron una piedra. Que el padre había pintado algo con un plumón. Yo no quise ir a ver. Mejor me quedé en la panadería.

El domingo cerré temprano. En la iglesia dejé de pasar. No sé por qué me costaba trabajo ver la banqueta vacía. Mejor me iba por la avenida 27, aun con la vuelta que no me funciona.

Un día, como a la semana, se me ocurrió buscar el plato. No estaba en la banqueta. Pensé que se lo había robado alguien de la pulga, o que se lo llevó el muchacho del taller. No supe a quién preguntarle. Lo dejé pasar.

Hasta que la señora Ramírez, la de la floristería, me dijo que quería comprarme una pieza de cerámica para el altar de la iglesia. Que su hija había visto uno en la tienda de la avenida 16, con una greca azul. Yo no le contesté nada. Luego me dijo que Stella era una perrita fiel y que hasta en la piedra le pusieron un letrero. No le pregunté qué decía.

Yo nomás le dije que no, que cerámica no vendíamos, y seguí horneando.

El plato lo encontré a los días. No lo busqué, la verdad. Lo vi en la mesa de afuera, en la iglesia de San Juan Bautista, junto a la puerta. Limpio. Con la greca azul y el borde descarapelado. Estaba boca abajo, como si alguien lo dejara ahí para que no se volara.

No sé quién lo puso. Tal vez fue el padre Tomás, tal vez fue la vecina que le daba de comer a Stella. Yo no pregunté. Me quedé parada en el estacionamiento, con el sol dándome en la nuca, viendo ese plato. No pensé en la señora Julia ni en la iglesia. Pensé en los últimos días de Stella, caminando con su pata mala por la banqueta, con el plato en el hocico, buscando el único lugar donde todavía le hacía sentido la vida.

Me di la vuelta y me fui. No me llevé el plato. No lo toqué ya. No sé por qué me importó tanto un perro ajeno. Tal vez porque también yo, a veces, me quedo en la banqueta de la panadería viendo hacia San Juan Bautista, esperando a alguien que no va a regresar.

El plato sigue en la mesa de la iglesia. No lo han recogido. El letrero en la piedra, me dijo mi comadre, dice algo así como que el amor verdadero no olvida el camino. Yo no fui a verlo. La verdad no quiero. Con ver el plato vacío cada vez que paso por la calle Séptima me basta. Yo sé lo que esperaba Stella. Yo también he esperado en la misma puerta.

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