З життя
El chocolate que compró un futuro
Rosa Delgado lleva veintitrés años detrás del mostrador de la tienda de dulces en la esquina de la calle Cuatro, en Reading, Pensilvania. Vende de todo: paletas, gomitas, refrescos de lata fría. Pero lo que más se lleva la gente, sobre todo los viernes cuando cae el cheque de la quincena, son las barras de chocolate. Rosa cuenta la misma historia tantas veces que ya se la sabe de memoria, y cada vez que un cliente pone una barra en el mostrador, no puede evitar decir algo.
—¿Sabe de dónde viene esto? —le preguntó una tarde a una señora que compraba dulces para la fiesta de cumpleaños de su nieto.
La señora negó con la cabeza, apurada, con el carrito lleno de globos y refrescos.
Rosa igual se lo contó, porque hay una razón por la que no puede dejar pasar una barra de chocolate sin decir nada. Su hijo mayor, Damián, estudió dos años en Milton Hershey School antes de que ella pudiera costearle nada más que el autobús escolar. Fue allá, becado, con techo y comida pagados, mientras ella trabajaba dobles turnos en esta misma tienda para no perder el apartamento. Hoy Damián es técnico de rayos X en el hospital de Reading, y cada vez que Rosa envuelve una barra de chocolate, envuelve también esa deuda que nunca terminó de pagar y que tampoco nadie le cobró jamás.
—Todo esto empezó con un hombre que se llamó Milton Hershey —le dijo a la señora—. Nacido en una granja de Pensilvania en 1857, hijo de un padre soñador que nunca sostuvo un negocio y una madre menonita que le enseñó a trabajar sin quejarse.
Milton no tuvo suerte al principio. Antes de los treinta años ya había fracasado dos veces en el negocio de los caramelos: primero en Filadelfia, después en Nueva York. Se quedó sin un centavo, con deudas que no podía pagar, y tuvo que volver a Lancaster a vivir otra vez con su madre, como un hombre derrotado que empieza de cero a los treinta.
La mayoría hubiera colgado el delantal para siempre. Milton no. Aprendió a trabajar la leche fresca de las vacas de Pensilvania mezclada con el caramelo, y ahí encontró algo que nadie más había logrado: una fórmula de chocolate con leche que se podía producir en masa y vender barato, para que no fuera solo un lujo de las tiendas finas de Nueva York. Para 1900 ya tenía una fábrica funcionando y, con los años, construyó alrededor de ella un pueblo entero para sus trabajadores —el que hoy se conoce como Hershey, Pensilvania— con casas, un parque, un tranvía y hasta una escuela.
Ahí conoció a Catherine Sweeney, a quien todos llamaban Kitty. Se casaron en 1898, y aunque Milton tenía todo lo que un hombre podía desear —una fábrica próspera, una casa grande, un pueblo con su apellido en el letrero de la entrada—, había algo que él y Kitty no lograban tener: un hijo propio. Los médicos de la época no tenían una respuesta clara, solo la certeza de que no llegaría.
En 1909 tomaron una decisión que nadie en su círculo entendió del todo. En vez de gastar su fortuna en mansiones o en herederos lejanos, fundaron una escuela residencial para varones huérfanos y de familias sin recursos. No era un orfanato de esos donde se manda un cheque una vez al año y ya. Milton y Kitty conocían a los niños por su nombre. Cenaban con ellos. Preguntaban por sus calificaciones. Los domingos, Milton se sentaba en el porche de alguna de las casas del campus a jugar cartas con los muchachos más chicos, el mismo hombre que en las juntas de negocios discutía cifras de millones de dólares.
Kitty murió en 1915, apenas a los cuarenta y cuatro años, después de una enfermedad que nunca terminó de doblegarla del todo pero que al final se la llevó. Milton se quedó solo en la casa grande de piedra de Hershey, sin hijos propios, sin esposa, con una fábrica que valía sesenta millones de dólares y un pueblo entero que llevaba su nombre en cada buzón de correo.
En 1918 convocó a sus abogados a la casa de piedra. Les puso un documento sobre la mesa: la transferencia del control mayoritario de toda la compañía chocolatera a un fideicomiso a nombre de la escuela. No un porcentaje. No una donación anual. Todo.
—Milton, esto no es un testamento, esto es una compañía entera —le dijo uno de ellos, según cuentan todavía en Hershey—. ¿Y sus sobrinos? ¿Qué van a heredar sus sobrinos?
—Mis sobrinos ya tienen suficiente —contestó Milton, sin levantar la voz—. Hay niños en Pensilvania que no tienen nada. Firmen el documento.
El abogado insistió una vez más, le pidió que lo pensara una semana, que no se decidiera un negocio de esa magnitud en una tarde. Milton ya había firmado.
Vivió otros veintisiete años más, siempre en un cuarto sencillo del hotel que él mismo había construido en el pueblo, sin lujos que llamaran la atención, presidiendo juntas de la escuela hasta que la salud se lo permitió. Murió en 1945, a los ochenta y ocho años, sin descendencia biológica, pero con miles de "hijos" repartidos por el país que habían pasado por las aulas y los dormitorios de Hershey.
Rosa terminó de contar la historia y le entregó la bolsa a la señora del cumpleaños, que ya se había olvidado un poco de la prisa.
—La escuela sigue ahí —agregó Rosa, doblando la bolsita de papel con los dedos—. Ahora se llama Milton Hershey School. Miles de niños y niñas viven y estudian gratis, con techo, comida, médico y hasta la universidad pagada si la quieren. Mi hijo fue uno de ellos.
La señora se quedó mirando la bolsa de papel un segundo antes de guardarla en el carrito.
—Nunca me imaginé eso comprando dulces para una fiesta de seis años —dijo.
Rosa se encogió de hombros y ya estaba atendiendo al siguiente cliente, un adolescente con audífonos que solo quería una lata de refresco fría. Pero por la ventana de la tienda, si uno maneja media hora hacia el norte hasta el pueblo de Hershey, puede ver el monumento que le hicieron a Milton en el campus de la escuela: no está parado con traje de magnate ni con la mano en el bolsillo. Está de rodillas, a la altura de los ojos de un niño pequeño, con la mano apoyada en su hombro, como si todavía, después de tantos años, siguiera preguntándole cómo le fue en la escuela ese día.
