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Tres días en un bus y el olor a comida que casi me mata
Manejé de Nuevo Laredo a Houston una sola vez. Fue suficiente para jurar que nunca más. Desde entonces, para cualquier viaje largo, el Greyhound. Y ahora, este agosto, me tocaba el trayecto más largo en años: de Houston a Orlando, casi veinticuatro horas de carretera para ver a mi hija Isabella, que acababa de tener a mi primera nieta.
Había ahorrado nueve meses. Nueve meses sin comprarme un café en la calle, sin cambiar las sábanas rotas, sin poner el aire acondicionado en las noches de calor porque la factura de la luz me comía la mitad del sueldo. Pero ya tenía el boleto. Ida y vuelta. Y una maleta vieja de lona azul que pesaba como si llevara ladrillos.
El bus salió del downtown a las seis de la tarde. El sol todavía pegaba fuerte contra las ventanas cuando subí, buscando mi asiento. Ventanilla. Mejor, así no tengo que estar parándome. Puse la bolsa de mano en el piso y respiré hondo. Lo había logrado. Iba a conocer a Camila. Cuatro meses y solo la había visto en fotos borrosas que Isabella me mandaba por WhatsApp.
Al lado mío se sentó una muchacha. Blanca, como de treinta y pocos, el pelo castaño claro recogido en una cola baja. Tenía pinta de ir a algún resort. Shorts nuevos, sandalias caras, un iPad que sacó en cuanto se acomodó. Audífonos grandes, de los que cancelan el ruido. No dijo ni "hola". Mejor. Yo tampoco andaba para pláticas.
Las primeras dos horas todo fue tranquilo. La muchacha veía una película; yo miraba por la ventana cómo cambiaba el paisaje. Pero el estómago me empezó a hablar. A mi edad, y con la diabetes, no puedo esperar mucho entre comidas. El doctor me dijo: coma poquito pero coma seguido. Y yo le hago caso porque una vez, en el Walmart de la Bellaire, se me bajó tanto el azúcar que casi me desmayo en la fila del pan.
Metí la mano en el bolso de tela que traía a mis pies. Busqué a tientas el primer envase. Tupperware azul. Frijoles refritos con chorizo. Lo abrí y apareció el olor.
No creí que fuera para tanto. Es comida, pensé. Todos comen.
La muchacha del iPad movió la cabeza apenas un centímetro. Algo en su mandíbula se tensó. Pero no dijo nada. Yo tampoco. Seguí comiendo, un bocado lento, saboreando. Los frijoles me habían quedado buenos. Les puse un pedacito de chile serrano, nada más para que tuvieran alma. Mientras comía, pensaba en Isabella, que de niña se sentaba en la cocina a verme cocinar y decía que mis frijoles olían a domingo.
Cuando acabé, guardé el envase y busqué otro. Manzana. Pero no mordida así nomás: la había cortado en rebanadas delgaditas y les puse limón y sal. En eso, la muchacha se quitó un audífono. Me miró rápido, de reojo, y se lo volvió a poner.
A la tercera hora fue la primera queja. No directa, no con palabras. Pero la muchacha se levantó, fue hasta donde el conductor y yo la vi mover las manos señalando hacia atrás, hacia donde yo estaba. Regresó con la boca apretada. Se sentó de nuevo y abrió la ventanilla de ventilación sobre su cabeza. El aire caliente que entró me dio justo en el hombro.
— Disculpe — le dije — ¿le molesta si la cierro? Me pega en el hombro.
— Es que… está un poco cargado acá, ¿no?
Cargado. Esa palabra. Como si mi comida fuera basura. Como si el olor a frijoles y a chorizo fuera algo sucio. Sentí la sangre caliente subiendo por el cuello. Pero me aguanté. Cerré la boca y también los ojos.
El problema no paró ahí. En la parada de Beaumont la muchacha compró un café caro, de esos que huelen a quemado dulce, y una bolsa de almendras que costaba ocho dólares. Ocho dólares por un puñado de nueces. Yo me quedé sentada y saqué mi tercer envase. Pollo frito. Frío, del que había hecho el día anterior. La piel todavía crujiente.
Apenas lo abrí, sentí cómo el cuerpo de la muchacha se puso rígido al lado mío. Como una tabla. Cerró el iPad. Se quitó los audífonos con un gesto seco.
— Oiga — dijo, volteando entera hacia mí —. De verdad, ¿no puede esperar a comer cuando paremos? El olor está fuerte.
La miré. Tenía los ojos irritados, como si no hubiera dormido bien. Y de pronto no vi a una mujer arrogante. Vi a alguien que estaba agotada. Igual que yo.
— Mire, señorita… — empecé.
— Mariana.
— Mire, Mariana. Yo sé que huele. Lo sé. Pero yo no puedo esperar. Tengo diabetes. Si no como a mis horas, me da una baja de azúcar y se arma un problema peor que el olor. Se lo digo en serio.
La muchacha se quedó callada. Parpadeó dos veces. Luego se frotó la frente con la palma de la mano.
— ¿Diabetes?
— Tipo dos. Diagnosticada hace ocho años. Créame que no es por molestar.
En ese momento, no sé por qué, me salió contarle lo que no le había contado a nadie. Que este viaje era el sueño de años. Que trabajé limpiando oficinas en downtown Houston por casi una década. Que mi esposo, Octavio, murió hace tres años de un infarto masivo y que desde entonces la casa se volvió muy grande y muy silenciosa. Que cuando Isabella me llamó llorando porque había nacido Camila, con sus cuatro kilos y sus cachetes redondos, yo supe que tenía que ir. Como fuera.
— Los Tupperware — dije, casi sonriendo — son todo lo que hice en estas semanas. Frijoles, pollo, mole, hasta unos chiles rellenos que preparé el martes. No me alcanza para parar en restaurantes. Lo que traigo en la bolsa es literalmente mi fondo de emergencia. Doscientos treinta dólares.
Mariana soltó el aire despacio. Se quitó los audífonos por completo y los guardó en la mochila. Se quedó mirando al asiento de adelante, como si estuviera pensando en algo muy viejo.
— Mi abuela — dijo de repente —. Ella cocinaba así. Todo desde cero. No dejaba que nadie le ayudara. Una vez hicimos un viaje en camión de San Antonio a El Paso, y se llevó un caldo de res en un termo. El termo se abrió y el caldo se regó por todo el pasillo. Olía a cilantro y a hueso por tres días. Mi mamá estaba furiosa. Pero a mí me gustaba ese olor. Me recordaba a su casa.
No dije nada. Afuera, el paisaje ya era oscuro. Solo se veían las luces de otros carros en la interestatal.
No voy a decir que de pronto todo fue perfecto. La diabetes no perdona y yo saqué varios envases más durante la noche. Un guiso de puerco en salsa verde como a las once. Un plátano macho como a la una de la mañana. Pero Mariana ya no se quejaba. Solo abría un poquito la ventilación, callada, y yo me corría hacia el pasillo para que el aire no le diera directo.
En algún momento, como a las tres, me desperté con la boca seca y el corazón latiendo raro. Algo andaba mal. Mareada. Con esa sensación como de estar flotando fuera del cuerpo. Busqué a tientas en el bolso, pero no encontraba las galletas. La vista se me nublaba. Apenas pude mover el brazo para tocarle el hombro a Mariana.
— Necesito… algo dulce… — alcancé a decir.
Ella me miró. Algo le cambió en la cara. Sin preguntar nada, rebuscó en su mochila de marca y sacó un jugo de naranja chiquito, de esos que venden en los Starbucks.
— Tengo esto.
Lo bebí a tragos chicos. El azúcar me fue cayendo en la sangre como quien riega una planta seca. Sentí que los dedos me respondían otra vez.
— Gracias — le dije. Y de verdad lo sentí.
Después de eso, hablamos de a poquito, con pausas largas, como quien está cansado pero ya no quiere dormir. Le conté del huracán Harvey y cómo perdimos la mitad de las cosas que teníamos en la cochera. Le conté que Isabella estudiaba en la universidad de la comunidad, que quería ser enfermera. Ella me contó que trabajaba en una oficina de bienes raíces, que el viaje era el primer descanso en dos años, que su jefe la llamaba hasta los domingos. Me dijo que su esposo no había podido acompañarla porque justo esa semana lo mandaban a entrenamiento en McAllen.
— Los olores — dijo en algún momento, ya con los ojos cerrados — me recuerdan todas las cosas que no he podido hacer últimamente. Cocinar para mí. Sentarme a comer sin prisa. Verle la cara a la gente cuando prueba algo que hice.
No dije nada. Pero entendí.
A las siete y media de la mañana, el bus entró a la terminal de Orlando. El sol ya pegaba fuerte. Los pasajeros fueron bajando, estirando las piernas, bostezando. Yo me quedé sentada un momento más. Me dolía la espalda. Las rodillas. Todo. Pero adentro tenía una emoción tan grande que casi dolía también.
Cuando por fin bajé, ahí estaba Isabella, con el pelo recogido en un moño despeinado y los ojos cansados de no dormir. Y en brazos traía un bultito envuelto en una manta rosa. Camila.
La niña era igualita a Isabella cuando nació. La misma nariz. Los mismos cachetes. Yo me quedé parada sin saber qué hacer con las manos. Las lágrimas me corrían sin pedir permiso.
Isabella se me acercó y me puso a la bebé en los brazos sin decir nada. Pesaba como un sueño.
Detrás de mí, Mariana bajó del bus con su maleta. Se quedó un momento de pie, viéndonos, medio sonriendo. Luego levantó una mano para despedirse. Yo levanté la mía.
Antes de irse a buscar su taxi, mi compañera de asiento se acercó.
— Que disfrute a su nieta, señora…
— Rosa. Rosa Elena.
— Que la disfrute, Rosa Elena. Y que no se le acaben los Tupperware.
Me reí. Ella también. Y se fue, caminando hacia la fila de los taxis, con sus sandalias nuevas brillando bajo el sol de Florida.
Isabella y yo nos quedamos abrazadas ahí, en media terminal, con la gente pasando a los lados y el ruido de los anuncios por los altavoces. Camila abrió los ojos un instante y me miró con esa mirada fija y profunda que tienen los recién nacidos, como si ya supieran quién eres.
— Te traje mole — le dije a Isabella —. Y frijoles. Y pollo. Casi me corren del bus.
Mi hija se rió. Y en su risa estaba la misma niña que se sentaba en mi cocina de Houston, hace tantos años, a ver cómo yo revolvía las ollas.
