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З життя

La cuenta de los huevos

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A mí nunca me gustó Albany. Demasiado frío, demasiado gris. Pero ahí estaba yo, recién llegada de San Antonio, con dos maletas y una sentencia de cinco meses. Mi prima Gloria me había dado su palabra: "Te quedas conmigo el tiempo que necesites, y de ahí sales con trabajo y con calma".

Calma. Esa palabra se fue por la ventana el mismo día que llegué.

Gloria me abrió la puerta con los labios apretados en algo parecido a una sonrisa y me hizo pasar. Su apartamento olía a pino sintético, a ese ambientador que cuelgan del espejo del carro. El piso de la entrada tenía una marca larga, como si alguien hubiera arrastrado algo pesado. Luego entendí: era la huella de su paciencia.

—Te instalé en el cuarto de visitas —dijo, mientras yo intentaba limpiarme los zapatos en el felpudo—. La calefacción de ese cuarto a veces se queda corta. Hay una cobija extra en el clóset.

—Gracias —contesté, y puse mis maletas contra la pared, con cuidado de no rayar nada.

Esa primera noche, Gloria calentó una sopa de fideo y sirvió dos platos. La miré y pensé: "Bueno, no está tan mal". La ciudad era fea, el apartamento pequeño, pero había sopa caliente y una prima que al menos disimulaba.

Dos días después, me di cuenta de que la sopa venía con factura.

—El recibo de la luz llegó ayer —me dijo Gloria una mañana, con un papel en la mano—. Tu parte son cuarenta y tres dólares con dieciocho.

Yo estaba descalza en la mesa de la cocina, con una taza de café aguado entre las manos. Todavía no encontraba trabajo. Todavía no me había instalado.

—¿Mi parte? —pregunté.

—Claro —dijo ella—. Aquí vivimos dos. El agua, la luz, el internet, todo va mitad y mitad.

Quise reírme, pero me salió un ruido raro, como de cafetera atorada. En San Antonio, cuando llegaba una prima, se le ofrecía un taco y un vaso de agua sin abrir la calculadora. Pero aquí, en Albany, las cuentas se dividían en cuartos, en tercios, en centavos.

—Te pago el viernes —dije.

No era cierto. No sabía de dónde iba a sacar cuarenta y tres dólares, pero no pensaba darle el gusto de verme llorar.

Mi temporada con Gloria se convirtió en un entrenamiento militar. Ella compraba la comida y la marcaba con plumón negro: su nombre en la leche, su nombre en el pan, su nombre en la mantequilla. Lo mío era lo que yo comprara con mi tarjeta, que casi siempre estaba a punto de rechazar.

Una noche llegué agotada de una entrevista que no salió. Abrí la nevera y saqué un yogur de fresa sin pensarlo dos veces. Al día siguiente, Gloria me dejó una nota sobre la mesa, escrita en un pedazo de papel de estraza:

"Yogur de fresa, uno. Precio de la tienda: un dólar con veintinueve. Lo anoto en tu cuenta."

Ese papel me dolió más que la entrevista fallida. No tanto por el yogur, sino porque la letra de Gloria era redonda, pareja, la letra de una maestra de kínder escribiendo en el pizarrón. Sin una sola duda. Como si yo fuera una desconocida que se había metido en su despensa.

A la tercera semana, encontré trabajo de mesera. No era mucho, pero me devolvió el aire. Empecé a pagar mis cuentas puntualmente. Pero la guerra no terminó: cambió de forma. Ya no era yo la que debía, era ella la que cobraba de más. Cada cosa que se gastaba en esa casa, Gloria me la cobraba como si yo fuera una socia forzosa.

—El jabón de baño se acabó —me dijo una mañana—. Te toca comprar el próximo.

—¿No lo anotaste en la libreta? —le pregunté—. Porque todo lo demás está ahí.

Gloria se puso roja. Fue la primera vez que la vi perder la compostura. Tenía la cuchara de café en la mano y la apretaba como si fuera un arma.

—No me hables así —dijo—. Yo no te pedí que vinieras.

Ahí está. Yo no se lo pedí, pero le prometí. Y las promesas, al parecer, en Albany se cobran por adelantado, como el gas y la electricidad.

La gota que derramó el vaso fue la del cereal. Un sábado por la mañana, bajé a la cocina y serví un tazón de hojuelas de maíz. Gloria me vio desde la puerta, con el cargador del teléfono en la mano.

—Ese cereal es mío —dijo—. Necesito que me lo repongas.

—Es un tazón —respondí.

—Un tazón de mi cereal —insistió—. Yo lo compré el martes.

La miré fijamente. Ella no se movió. No pestañeó. Era la misma mujer que me había dado su palabra, pero con un plumón en la mano en lugar de una sonrisa.

—Está bien —dije.

Esa noche, mientras Gloria limpiaba las hornillas de la estufa, yo tomé mi teléfono y abrí la aplicación del banco. Tenía doscientos doce dólares en la cuenta. Suficientes para lo que iba a hacer.

Al día siguiente, Gloria fue a la iglesia. Yo aproveché esas dos horas. Agarré una caja de cartón vacía del clóset y metí mi ropa. No tenía muchas cosas. Lo que sobraba, lo dejé en una bolsa de basura junto a la puerta del cuarto.

Después, fui al supermercado de la esquina. Compré una docena de huevos, un galón de leche, un paquete de tocino, jabón para trastes, papel de baño y una bolsa de arroz. Sesenta y ocho dólares con treinta y nueve centavos. Le tomé foto al recibo.

De regreso en el apartamento, acomodé todo sobre la mesa de la cocina. Escribí una nota con mi letra, que no es redonda ni pareja, sino inclinada y rápida:

"Para ti. No me lo cobres. Es el pago por tu hospitalidad."

Puse el recibo debajo de la caja de huevos.

Cuando Gloria volvió de la iglesia, yo ya no estaba. Tenía una maleta en cada mano y una dirección nueva en el bolsillo. El taxi me esperaba abajo.

Me mandó un mensaje de texto esa noche. No lo abrí hasta el día siguiente. Decía: "No tenías que irte así".

"Claro que sí", pensé, sentada ya en el sofá cama de mi cuarto nuevo, con las maletas todavía sin abrir junto a la puerta.

Y me la imaginé: la caja de huevos intacta sobre la mesa, el recibo doblado debajo, mi nota sin abrir junto al frutero. El café que ella se había servido esa tarde, ya frío, olvidado en el borde de la ventana, mientras afuera empezaba a oscurecer sobre Albany.

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