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La Mancha en el Bolso

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Mariana se acomodó en la reposera de mimbre junto a la fuente termal. Se había asegurado de que el cojín estuviera seco antes de sentarse con su vestido blanco de lino. En la mano sostenía un bolso de mano color crema, comprado especialmente para ese viaje a las aguas termales de San Antonio.

Esa era ya la rutina de las tardes: después del buffet, todos los huéspedes del complejo salían a exhibir sus mejores galas. Una señora de El Paso se lo había confesado sin tapujos: “Mija, ¿dónde más voy a estrenar lo que compro? En mi casa nomás me pongo el pants”.

Él apareció sin hacer ruido. Lorenzo Acevedo.

Siempre impecable, con un saco de lino gris sobre una guayabera blanca, el cabello entrecano peinado hacia atrás y un perfume amaderado que se notaba a dos metros.

—Un lindo atardecer para compartirlo en silencio —dijo, tomando asiento a su lado.

Mariana ya lo había notado rondándola en el comedor y en la alberca. No era difícil de notar: ese tipo de hombre que sabe mirar a una mujer haciendo que el resto del mundo desaparezca. Viudo, le había contado la primera noche. Empresario de bienes raíces en Laredo. Viajaba solo.

—Eso del silencio compartido suena bonito —respondió ella, girando un poco el rostro.

—Contigo, Mariana, hasta callado se pasa uno bien. Aunque prefiero conversar.

Sin demasiado preámbulo, Lorenzo apoyó la mano sobre el apoyabrazos de mimbre, muy cerca de la de ella. El sol caía detrás de los cipreses y un airecillo tibio movía las buganvilias. Mariana había ido allí para descansar del trajín de su casa en Houston. Del ruido. De los nietos. De las exigencias chiquitas de cada día. Y ahora ese hombre de ojos color miel la miraba como si tuviera veinte años menos y ningún pendiente en el mundo.

—Ayer te esperé en el salón de baile. ¿O no eres de las que bailan? —preguntó.

—Sí me gusta bailar. Pero anoche salí a caminar por los senderos —se excusó ella—. El aire huele distinto aquí, a hierbabuena, a tierra mojada. Me quedé un buen rato.

—No sabía que te gustaba caminar de noche —dijo Lorenzo—. Entonces tengo una propuesta. Descubrí una vereda detrás del cerro que lleva a un mirador. Se ven todas las luces del valle. Me gustaría enseñártela esta noche, si me dejas acompañarte.

Le rozó la punta de los dedos. Apenas un contacto, una chispa mínima. Mariana sintió un vuelco en el pecho que no esperaba. “Total, es solo una caminata», se dijo a sí misma.

—Claro —aceptó.

Se levantaron juntos. Lorenzo le tendió el brazo con esa elegancia de galán de telenovela que a veces da risa y a veces da ternura. Dieron unos pasos sobre las baldosas de arcilla. Y entonces, justo al pasar junto a un charco que había dejado el aspersor de la mañana, a Mariana se le resbaló el bolso de los dedos.

El golpe fue seco.

El color crema se volvió marrón sucio al instante.

—Ay, no —soltó ella, agachándose rápido.

—Tranquila, no pasó nada —dijo Lorenzo, recogiendo el bolso—. Mira, con una pasadita de agua sale.

Pero no salió. Mariana talló con una servilleta y quedó peor: una mancha grisácea, alargada, como una cicatriz de lodo sobre la piel fina del bolso.

—Voy a lavarlo en mi cuarto —dijo ella.

—Yo te espero aquí. Ya quedamos para después de la cena, ¿verdad? En este mismo lugar.

Ella asintió con prisas y se fue hacia la habitación con el bolso manchado en la mano.

En el baño de su cuarto estuvo más de veinte minutos frotando con jabón neutro y una toallita húmeda. La mancha se atenuó, pero no desapareció del todo. Quedó una sombra. Una especie de mugre invisible que solo ella notaría, pero que, ahora que la conocía, no podía dejar de mirar.

Se sentó en la cama con el bolso sobre las piernas. Lo compró en la outlet de Katy Mills tres días antes de viajar. Costó cuarenta y ocho dólares, pero se sentía como un lujo. Ahora parecía usado, gastado, como si tuviera una historia fea encima.

Justo entonces vibró el teléfono. Videollamada.

Atendió sin pensarlo.

—Nana, mira —era la voz de su nieta Camila, de cuatro años. La cámara del celular enfocaba un tiradero de harina sobre la mesa de la cocina—. Papi dice que va a hacer galletas y mami dice que no porque ensucia todo.

—¿Pero qué están haciendo allá, criaturas? —preguntó Mariana, y sin querer se rio.

Detrás de Camila apareció su hija mayor, Fernanda, con el mandil puesto y un cucharón en la mano.

—Mamá, tu marido se metió a la cocina con los niños y ahora no hay quien los saque. Dice que está practicando para cuando vuelvas.

Se oyó una voz de fondo, la de Tomás, su esposo.

—Dile que no es cierto. Bueneno, sí es cierto. Pero es que ya quiero que regreses. Ándale, llama al spa ese y diles que te vas mañana.

Mariana soltó una carcajada corta.

—No me puedo salir antes. Ya pagué todo.

Luego la cámara tembló y apareció la cara de Tomás, con los lentes manchados de harina y una gorra de béisbol puesta al revés, como la usaba desde que se casaron cuando ella tenía veintidós años. No se había vuelto a poner aquella gorra en dos décadas, decía que le apretaba. Ahí estaba.

—Mira, gordita, hablé con Fer. Yo paso por ti el sábado. Nada de autobús. Llego en la troca, nos vamos por la carretera del río, que tiene unos paisajes bien bonitos, y así te distraes.

—Pero si son cuatro horas de ida y otras cuatro de vuelta.

—Pues ocho horas de irme fijando en ti. Me sale más barato que cualquier terapia de pareja —dijo él, sonriendo.

Ahí le cambió algo. No fue una reflexión larga ni un discurso mental. Fue una certeza breve, chiquita y definitiva: no necesitaba ningún mirador con Lorenzo. No necesitaba que nadie le rozara la mano ni le dijera lo bonita que se veía con ese vestido. Ya había alguien que lo decía, solo que a veces no lo escuchaba porque lo decía entre harina y nietos, entre facturas de la luz y el ronquido de las diez de la noche.

—Bueno —dijo Mariana—. Pero tú manejas y yo escojo la música.

—Trato hecho. ¿Ves, Fer? Tu jefa ya aceptó —se oyó el grito de Tomás.

Fernanda le arrebató el teléfono.

—Mamá, cómprate algo rico en la tiendita del hotel. Y tráenos un imán para el refri, ¿sí?

—Dos imanes. Uno con forma de mariposa para Camila y otro para el refri.

Colgó.

Afuera ya había oscurecido. Mariana tomó el bolso manchado, lo colgó del pomo de la puerta corrediza del balcón para que se secara, y en ese momento supo que no iría a la cita.

Se puso unos jeans claros y una blusa de algodón, se recogió el cabello en una coleta baja, y bajó al comedor sola. Pasó de largo por la fuente termal donde Lorenzo seguramente la estaría esperando con su saco de lino y sus frases de película. Pidió un té de manzanilla y un flan. Se sentó junto a la ventana que daba al jardín de cactáceas y le mandó un mensaje a Tomás.

“Confirmado. Te espero el sábado a las diez. Y no se te olvide la gorra.”

El teléfono vibró enseguida con un emoji de pulgar arriba y una foto borrosa de Camila comiendo masa cruda. Mariana se quedó un rato mirando la imagen. Luego guardó el teléfono, bebió el último sorbo de té y subió a su cuarto.

El bolso seguía colgado del pomo, balanceándose apenas con el ventilador del techo. La mancha ya ni se notaba, o a lo mejor todavía estaba ahí. No importaba. En tres días lo metería en la maleta y lo llevaría de vuelta a casa, donde las cosas se ensuciaban todo el tiempo. Y nunca, por suerte, volvían a quedar limpias del todo.

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