Connect with us

ES

El teléfono sonó justo cuando el avión aterrizaba en Albuquerque

Published

on

Marisol apagó el modo avión y el mensaje de voz del tío Samuel le cayó como un balde de agua helada. Con esa voz quebrada que ponen los hombres cuando no quieren llorar, le decía que don Anselmo había amanecido muerto. Que el velorio era al día siguiente en Chimayó. Que si alcanzaba a llegar, que si podía pedir permiso en el trabajo.

Permiso. Como si fuera un trámite.

Marisol llevaba ocho años sin pisar el pueblo. Ocho años de juntas, de ascensos, de este departamento mínimo en Phoenix que olía a pintura fresca y a soledad. Se había ido a los dieciocho con una beca y la promesa de volver cada Navidad. La primera sí volvió. La segunda también. Después las Navidades se volvieron llamadas de quince minutos, y las llamadas se volvieron mensajes de texto, y los mensajes de texto se volvieron un “feliz cumpleaños abuelito” en Facebook que él nunca leía porque don Anselmo jamás tuvo redes sociales.

El hombre que la crio ni siquiera sabía prender una computadora.

Marisol manejó toda la noche. La interestatal 25 se volvió la 285, y la 285 se volvio un camino de tierra, y el camino de tierra se volvio una vereda flanqueada por pinos piñoneros que olían a resina y a infancia. El cielo de Nuevo México estaba estrellado como solo está estrellado el cielo del norte, sin luces de ciudad que lo apaguen. Manejaba con una mano. Con la otra se secaba los ojos. No podía llorar. Todavía no podía llorar.

Don Anselmo había sido su padre, su madre, sus abuelos y sus tíos, todo en un solo cuerpo viejo y reumático. Cuando los padres de Marisol se mataron en la camioneta —volcadura en la I-40, hielo negro, cero sobrevivientes—, él apareció en la casa de los servicios sociales con una camisa a cuadros y unas botas llenas de lodo. Olía a ganado. Olía a campo.

—¿Eres tú la nieta? —le preguntó a aquella niña de seis años que no quería hablar con nadie.

Ella asintió sin levantar la vista.

—Pues vámonos. Hay que darles de comer a las gallinas.

Y se la llevó.

Le enseñó a ordeñar una cabra, a diferenciar un pino de un abeto, a leer las nubes para saber si iba a llover. Cada noche le contaba historias que no estaban en ningún libro: la del coyote que le robó el sombrero, la del pez que era más grande que la camioneta, la de cuando peleó en Corea y volvió caminando tres semanas por la nieve.

—¿Y no tenías miedo, abuelo? —preguntaba Marisol, arropada hasta la barbilla.

—Claro que tenía miedo. Pero el miedo no sirve para nada. Uno sigue caminando y ya.

Marisol crecio. Terminó la high school con honores. Se ganó la beca. Empacó una maleta y él la llevó a la estación de autobuses en Santa Fe. Cuando el camión arrancó, ella lo vio por la ventanilla: un hombre flaco, moreno, con el sombrero en la mano, parado en el andén como un árbol solitario.

—¡Vuelve pronto, mija! —gritó.

Ella dijo que sí con la cabeza.

No volvió pronto.

Llegó a Chimayó al amanecer. El pueblo dormía. Las casas de adobe, las cercas de ocotillo, la vieja iglesia de San Francisco con su puerta azul. Todo igual. Todo exactamente igual, como si el tiempo aquí se hubiera detenido por respeto, o por olvido. Estacionó el Honda frente a la casa del abuelo y se quedó un minuto dentro del auto. Las manos le temblaban sobre el volante. La casa tenía la luz de la cocina encendida.

Qué raro, pensó. La luz encendida.

Se bajó. El aire frío de la mañana le golpeó la cara. El portón de madera estaba entreabierto. Lo empujó. Y se quedó paralizada.

Don Anselmo estaba sentado en una silla plegable junto al corral de las cabras. Con vida. Completamente vivo. Tenía puesto el mismo sombrero de siempre, la misma chamarra de mezclilla gastada. En una mano sostenía un jarro de café. Con la otra le echaba maíz a las gallinas. Levantó la vista, la vio, y sonrió como quien ve llegar el autobús que llevaba una década esperando.

—Ah, mira. Llegaste.

Marisol sintió que el suelo se movía. La bolsa de viaje se le cayó. También la caja de donas que había comprado en una gasolinera en Bernalillo. Las donas rodaron por la tierra.

—Abuelo… —la voz le salió rota—. Tú… a mí me dijeron…

—Que me había muerto. Sí. Yo le pedí al compadre Samuel que te llamara.

—¿Cómo que tú le pediste? ¿Estás loco? ¿Sabes cuántas horas manejé? ¿Sabes el susto que…?

Las lágrimas ya no pedían permiso. Le corrían por la cara, por el cuello, se le metían en la boca.

Don Anselmo dejó el jarro en el suelo. Se levantó despacio, con ese movimiento torpe de las rodillas gastadas. Se acercó. La miró desde esa estatura que el tiempo le había encogido.

—Ocho años, Marisol. Ocho años sin venir. Te hablaba por teléfono y estabas en una reunión. Te escribía cartas y no respondías. Te mandaba tamales con la vecina y me los devolvía el cartero porque ya no vivías en esa dirección. Cumplí ochenta y cuatro años el mes pasado. ¿Sabes quién me felicitó? El banco. Un mensaje automático del banco.

—Abuelo, yo…

—Déjame terminar. Yo ya me estoy acabando. El médico dice que el corazón me funciona a medias. El otro día me caí en la milpa y estuve como una hora tirado en el suelo porque no podía levantarme. Y pensé: un día de estos me voy a morir de verdad, y entonces sí va a venir mi nieta, pero ya va a ser demasiado tarde. Y a mí los muertos no me sirven. Yo soy un hombre práctico. Si total vas a venir cuando me muera, pues me muero ahora, ¿no?

—Eso no tiene ningún sentido.

—Claro que lo tiene. ¿Me vas a decir que si Samuel no te hubiera dicho lo del velorio, habrías venido?

Marisol abrió la boca. Y la cerró.

Él asintió despacio.

—Eso pensé.

Se quedaron los dos en silencio, de pie en medio del patio, rodeados de gallinas que picoteaban las donas. El sol empezaba a asomarse detrás de la sierra, y la luz le daba a don Anselmo justo en la cara. Marisol lo miró de verdad por primera vez en años. No era ya el gigante que la cargaba sobre los hombros. Era un hombre frágil, arrugado, con manchas en las manos y un temblor ligero en los labios. Un hombre que se estaba yendo poquito a poco y al que nadie le avisaba.

—Perdóname —susurró ella.

—No tengo nada que perdonarte. Tú tienes tu vida. Yo estoy orgulloso de ti. Lo que pasa es que también te extraño.

—No es excusa. Podía haber llamado. Podía haber venido aunque fuera un fin de semana.

—Pero no lo hiciste. Y ya. Lo hecho, hecho está. Ahora dime una cosa: ¿trajiste hambre? Porque hice menudo.

Ella se rio. Una risa mojada, llena de mocos y de alivio. Se abrazaron. Él olía a leña, a café, a ese olor inconfundible de las personas que uno ama desde siempre. Marisol lloró contra su hombro como no lloraba desde los seis años.

Esa noche se sentaron junto a la estufa de leña. Don Anselmo preparó chocolate caliente con canela, como cuando ella era niña. Afuera cantaban los coyotes. Adentro crepitaba el fuego. El reloj de pared hacía tic tac, y ese sonido —ese sonido que Marisol no escuchaba desde hacía tanto— le pareció lo más hermoso del mundo.

—Abuelo, ¿por qué no me dijiste nada antes? ¿Por qué no me regañaste?

—Porque uno no ruega, mija. Uno no se arrodilla a pedir cariño. Si la gente no viene por su gusto, ¿para qué la quieres aquí?

—Pero yo sí quería. Lo que pasa es que siempre decía: luego. La próxima semana. En vacaciones. Y el luego nunca llegaba.

—Pues ya llegó. Llegó con ocho años de retraso, pero llegó. Con eso me conformo.

Se quedaron callados. El fuego se reflejaba en los ojos de don Anselmo. Marisol lo observaba de reojo mientras él removía las brasas con un atizador. Vio sus dedos nudosos. Vio la cicatriz en su antebrazo, esa que se hizo con un alambre de púas cuando ella tenía nueve años. Vio cómo le costaba respirar.

—Abuelo, ¿el corazón…?

—Está cansado. Bombea cuando quiere. El médico me dio unas pastillas y me dijo que no hiciera corajes. Yo le dije que el día que me muera va a ser de felicidad, no de coraje.

—No hables de morirte.

—Ay, mija. Todos nos morimos. No es nada del otro mundo. Lo feo es morirse solo. Eso sí. Eso es bien feo.

Marisol apretó la taza de chocolate hasta que los nudillos se le pusieron blancos. Ahí entendió, de golpe, lo que él no estaba diciendo. No era un truco. No era un capricho de viejo. Era un último recurso. Una botella lanzada al mar.

—Me voy a quedar —dijo.

—¿Cuánto?

—No sé. Un mes. Dos. A ver qué sale.

Don Anselmo dejó el atizador. La miró. Parpadeó dos veces rápido, como si no hubiera oído bien.

—¿Y el trabajo?

—Puedo trabajar desde aquí. Solo necesito internet. Y si no hay internet en la casa, pongo una antena. No importa.

Él no dijo nada. Se quedó viendo el fuego. Luego se levantó despacio, fue a la cocina, se sirvió un vaso de agua, lo dejó en la mesa sin beberlo. Se sentó otra vez. Se aclaró la garganta.

—El sábado hay baile en la plaza —dijo de pronto—. Van a tocar rancheras. ¿Sabes bailar rancheras?

—No.

—Pues yo te enseño. No te preocupes. Es como andar a caballo. Nomás te dejas llevar.

Marisol soltó una carcajada. Una carcajada entera, sonora, de esas que nacen en el estómago. Y él también se rio. Y afuera los coyotes seguían cantando, y adentro el fuego seguía crepitando, y el reloj de pared seguía haciendo tic tac como si nada hubiera pasado.

Como si no hubiera estado a punto de romperse todo para siempre.

Pasaron los días. Se volvieron semanas. Marisol puso su computadora en la mesa del comedor y trabajaba por las mañanas mientras el abuelo salía al huerto. Por las tardes se sentaban juntos en el porche. Él le enseñó a tejer una silla de mimbre. Le mostró cómo podar los rosales. Le contó la historia de cada fotografía que guardaba en una caja de zapatos: la de su boda con la abuela Lucía, la de cuando compró la primera camioneta, la de Marisol a los tres años con un vestido amarillo.

—Ese vestido te lo hizo tu abuela —dijo él, señalando la foto—. Tardó como un mes. Tú lo vomitaste el primer día. Frijoles con queso. Nunca te gustaron los frijoles.

—Ahora sí me gustan.

—Ahora ya es tarde. Tu abuela ya no está.

Al cumplirse tres semanas, Marisol pidió una extensión en el trabajo. Luego otra. El jefe le dijo que no podía seguir así. Que o regresaba a Phoenix o perdía el puesto. Marisol colgó el teléfono, respiró hondo tres veces y fue a buscar al abuelo. Lo encontró en el corral, dándole de comer a las cabras.

—Me despidieron —dijo.

—¿Y eso?

—Por quedarme aquí.

Don Anselmo se quedó quieto. Luego se dio la vuelta y la miró con los ojos entrecerrados.

—No debiste hacer eso.

—Sí debí. Hay más trabajos. Hay más ciudades. Tú eres uno solo.

Él bajó la mirada. Se quitó el sombrero, se lo puso en el pecho. Y entonces Marisol vio lo que nunca antes había visto: dos lágrimas rodando por las mejillas arrugadas de su abuelo.

—Caray, mija. Tanto alboroto por un viejo terco.

—Sí. Y lo volvería a hacer.

Él se limpió la cara con el dorso de la mano, con esa brusquedad de los hombres a los que no les enseñaron a llorar. Luego se puso otra vez el sombrero y le dio una palmada en el hombro.

—Bueno, ya que estamos aquí los dos sin trabajo, vamos a hacer algo productivo. Hay que arreglar la cerca del norte. Y después te enseño a hacer tortillas de harina. Las que compras en el súper son una porquería.

Esa noche, Marisol se quedó despierta hasta tarde. Salió al porche envuelta en una cobija. El cielo estaba completamente despejado y la Vía Láctea se veía entera, como un río de luz derramado sobre la sierra. Pensó en todas las noches que pasó en Phoenix mirando el techo de su departamento, angustiada por una fecha de entrega, por un ascenso que no llegaba, por una vida que no terminaba de ser suya. Y pensó que en ninguna de esas noches estuvo tan en paz como ahora.

El abuelo salió un rato después, arrastrando los pies.

—¿No puedes dormir? —le preguntó.

—Estaba viendo las estrellas.

—Ah, las estrellas. Esas siempre están. No hay que preocuparse por ellas. —Se sentó a su lado con dificultad—. Oye, te quería preguntar algo.

—Dime.

—¿Te vas a quedar para siempre?

Marisol lo pensó. No era una pregunta fácil. Pero la respuesta, por primera vez en mucho tiempo, sí lo era.

—Sí, abuelo. Me voy a quedar.

Él asintió. Se quedaron un rato en silencio. Luego don Anselmo se levantó, fue hasta la cocina y volvió con dos tazas de chocolate caliente.

—Pues si te vas a quedar —dijo, alcanzándole una taza—, mañana mismo empezamos con lo de las tortillas. Porque francamente, mija, las que hiciste el martes parecían suelas de zapato.

Marisol se rio. Y el abuelo también. Y ahí, bajo aquel cielo inmenso de Nuevo México, con las tazas humeando entre las manos y los coyotes cantando a lo lejos, los dos supieron que la artimaña del viejo había funcionado. No para traerla a un velorio falso. Sino para devolverle algo que ella ni siquiera sabía que había perdido.

Click to comment

Leave a Reply

Ваша e-mail адреса не оприлюднюватиметься. Обов’язкові поля позначені *

один + дев'ятнадцять =

Також цікаво:

HE12 хвилин ago

סבא שלי נהג לפזר מלח בדלת כל לילה… ביום שהוא מת הבנו למה

במשך עשרים ושלוש שנה, כל ערב בדיוק בשעה שמונה, סבא יעקב היה לוקח את הקופסה הכחולה מהארון שמעל המקרר. הוא...

FR22 хвилини ago

La flamme ne s’éteint pas

Ce jour-là, Léo aurait eu huit ans si l’univers s’était soucié des dates. Mais dans l’appartement minuscule du boulevard de...

LT1 годину ago

Jo batai ant sėdynės

Į 3G autobusą, kursuojantį Ukmergės gatve, Manto Bružo niekas nežiūrėjo. Ir jis tuo mėgavosi. Buvo ketvirtadienio vakaras, apie pusę šešių....

FR1 годину ago

Elle avait décidé de se laisser mourir dans son penthouse. Puis une fillette de cinq ans est entrée.

Le plateau du petit-déjeuner percuta le mur de verre avec une telle violence que le choc fit trembler les baies...

ES1 годину ago

El teléfono sonó justo cuando el avión aterrizaba en Albuquerque

Marisol apagó el modo avión y el mensaje de voz del tío Samuel le cayó como un balde de agua...

CZ2 години ago

Po mé autonehodě matka prohlásila, že tenis je důležitější než moje miminka – tak jsem přerušila veškeré platby a vystěhovala ji z mého domu

První zvuk, který jsem po té nehodě slyšela, bylo skřípění plechů. Druhý mi zazvonil v uších o pár hodin později...

PL2 години ago

Po wypadku mama oznajmiła, że brydż jest ważniejszy niż moje bliźniaki – więc odcięłam ją od wszystkich pieniędzy i kazałam się wyprowadzić z mojego domu

Trzymałam telefon tak mocno, że ból w nadgarstku promieniował aż do obojczyka. Ledwo słyszałam, co mówi, bo obok pielęgniarka właśnie...

FR3 години ago

L’Appel

Le message de Gisèle est arrivé un mardi soir, alors que Camille verrouillait la porte de son bureau. Un simple...