З життя
# El viaje a Sunny Isles
Aquel julio en Miami hacía tanto calor que hasta las palomas se quedaban quietas bajo los toldos, con el pico abierto. Yo trabajaba entonces de chofer para una compañía de taxis, doce años al volante, y pensaba que ya nada me iba a sorprender. Me tocó un viaje desde Coral Gables hasta Sunny Isles, en pleno mediodía, casi sin propina. Llegué a la dirección: un edificio con ascensor exterior, y en el tercer piso un balcón lleno de macetas con geranios.
La había pedido una mujer, con una voz seca por el teléfono, como si estuviera leyendo una lista del supermercado. Me dio el número del apartamento, el piso, el apellido. Y un pedido: que me arrimara lo más posible a la entrada, porque iba a llevar equipaje. Acepté, porque no tenía otro viaje pendiente y el taxímetro corría de todos modos.
Estacioné, apagué el motor. Me quedé un rato mirando cómo unas palomas picoteaban en la basura. Después agarré el teléfono para avisar que ya había llegado. Antes de que pudiera marcar, se abrió la puerta del edificio y salió la mujer.
No era alta. Pelo oscuro recogido en una cola apretada, lentes de armazón fino, una cobija doblada bajo el brazo. Caminaba con paso firme, sin apuro. Detrás de ella venía un hombre con camisa de mangas remangadas cargando dos maletas grandes a cuadros, y al lado un señora mayor con una chaqueta demasiado abrigada para ese calor. Respiraba con dificultad y se detenía cada tanto, como esperando que alguien la parara.
Me acerqué y abrí la cajuela. El hombre puso las maletas en la acera y recién ahí me miró.
—No agarre esas cosas —dijo.
Me lo dijo a mí, pero tenía los ojos puestos en la mujer de los lentes. Ella ni se movió.
—El equipaje ya está pedido —contestó—. Va aparte, yo llego en otro carro.
La señora mayor dio dos pasos hacia su hijo, pero se detuvo porque salió un vecino con un perro. El perro empezó a olfatear una caja de cartón, el hombre tiró de la correa, el vecino masculló "perdón" y desapareció por la esquina. Nadie más salió.
El hombre agarró la manija de la puerta trasera. No la abrió. Se quedó ahí parado, sosteniendo el mundo entero como si quisiera detenerlo.
—Alicia, hablemos en casa —dijo más bajito.
—Ya hablamos en casa —respondió ella—. Desde hace dos semanas. Ahora termino.
Ahí me di cuenta de que este no era un viaje cualquiera. La pasajera se acercó a la cajuela, levantó una maleta, después la otra. Lo hizo sin brusquedad, con soltura. Yo acomodé la caja de cartón porque pesaba. En la tapa tenía escrito con marcador: "De Cristina, no tocar".
—¿A Sunny Isles, verdad? —pregunté para romper el silencio.
—No —dijo la mujer—. Primero pasamos por el City Hall, tengo que hacer un trámite. Después Sunny Isles. A la casa del otro hijo de Cristina. Él vive allá, la va a recibir un tiempo.
El hombre volvió a decir algo, pero el ruido del tráfico en la avenida se llevó las palabras, y solo alcancé a oír "mamá" y "no es así".
La señora mayor no subió al carro. Se quedó parada junto a la entrada, tirando de las mangas de la chaqueta aunque hacía treinta y cinco grados. Después le dijo a su hijo algo que no debería recordar, pero recuerdo cada palabra:
—Yo no me quedo en ese chiquero donde mi propia nuera me dice dónde poner el vaso.
El hombre se quedó callado. La pasajera dio un paso atrás y señaló la puerta abierta del carro.
—Súbase, Cristina. Que el taxi está parado en mi cupo de estacionamiento, no en el suyo.
Ese fue el momento en que entendí que este asunto no se iba a resolver en un solo viaje. La señora mayor se subió, cerró la puerta de un golpe, y después se inclinó hacia la ventanilla y le gritó a su hijo:
—¡Llama a tu hermano!
Manejé con las dos atrás. No dijeron ni una palabra. Recién en Sunny Isles, frente a un edificio de apartamentos, la señora mayor se bajó y caminó directo hacia la entrada sin mirar a su nuera. La pasajera pagó en efectivo y pidió el recibo. Le di el comprobante de la máquina y ella lo sostuvo contra el sol, verificando que el monto estuviera bien. Veintidós dólares con cuarenta centavos.
—¿Se va a quedar en casa del otro hijo? —pregunté, porque las maletas seguían en la cajuela.
—Sí. Tomás vive aquí, soltero, dos cuartos. Dijo que mamá se puede quedar hasta que todo esto se acomode. —Sacó del bolso un billete de veinte y otro de diez, me los dio—. Quédese con el vuelto.
Fue la primera propina en un mes.
Volví a la base. Por la radio pasaban un aviso sobre el tráfico en la I-95, y yo me quedé pensando en esa mujer de los lentes que había resuelto algo en el City Hall y había llevado a su suegra a otro lado. No sabía qué había en la caja, pero vi que, al cerrar la puerta detrás de nosotros, no se dio vuelta ni una sola vez.
Pasaron tres días. Me tocó un viaje por la zona de Little Havana, un barrio de casas bajas con una pescadería en la esquina. La dirección era de una casa unifamiliar con la fachada descolorida y el césped quemado por la sal del mar. De la casa salió la misma mujer. No había pedido un taxi, se acercó a mí mientras yo comía un sándwich cubano apoyada en la acera.
—Perdone que la moleste. —Sacó de la cartera un sobre pequeño—. Usted llevó a mi suegra a Sunny Isles.
—Me acuerdo —dije, y dejé el sándwich a un lado.
—Mi esposo dejó unos documentos en su casa, ella se olvidó de llevárselos, y no contesta el teléfono de Tomás. Tengo miedo de que haga alguna tontería, como siempre que se cierra en sí misma. Por favor, lléveselos allá.
Miré el sobre. Estaba cerrado, y en la esquina tenía escrita con birome la dirección: Cristina Fuentes, en casa de su hijo, Collins Avenue 4217, apto. 6.
—¿Por qué yo? —pregunté.
—Porque usted es la única en toda esta historia que no fingió no saber lo que estaba pasando. —Sonrió apenas, sin alegría—. Y ahora no tengo fuerzas para ir de nuevo y escuchar que soy una mala nuera.
Agarré el sobre. No me ofreció dinero, pero no era por eso.
—¿Y qué pasa con su esposo? —pregunté, porque no sabía hacerlo de otra manera.
—Se fue a vivir con su mamá a Sunny Isles, con Tomás, al sofá de la sala. Le dije que podía volver cuando entendiera que el apartamento es de los dos, no su consultorio de cardiólogo que armó en mi antigua oficina. —Se acomodó la correa del bolso—. Por ahora le paga alquiler a la madre. Cuatrocientos al mes. Que pague, le va a hacer bien.
Me subí al carro, arranqué. El sobre quedó en el tablero, entre un recibo viejo de una gasolinera y mis lentes de sol. Manejé hasta Sunny Isles, subí al cuarto piso, toqué. Abrió Tomás, un hombre que no conocía, en pants y medias, con cara de recién levantado aunque era mediodía.
—Esto es para su hermano —dije, entregándole el sobre.
—No está —murmuró—. Salió temprano, dijo que iba a caminar, y nada más. Se lo dejo en la mesa.
No pregunté más. Bajé en el ascensor pensando que esa caminata ya llevaba varias horas.
Una semana después me tocó otro viaje por esa zona. Paré frente al mismo edificio porque vi a alguien sacando una caja de cartón —la misma, con el letrero "De Cristina, no tocar", ahora abollada de un lado. La cargaba el hombre del primer día. Había bajado como diez libras, la camisa le colgaba como en un perchero, y tenía más canas de las que le había visto antes.
—Son las cosas de mamá —dijo, como si me reconociera—. Vuelve a su casa, a Coral Gables. El apartamento va a quedar vacío, así que yo también me mudo para allá por un tiempo.
—¿Y usted? —pregunté—. ¿No vuelve con su esposa?
Puso la caja en la acera, abrió las solapas, como si necesitara algo que hacer con las manos. Adentro había fotos viejas en sobres, un reloj de pie golpeado y un juego de tazas envuelto en papel de periódico.
—Alicia me mandó una foto del documento. Le puso su nombre a la mitad de nuestro apartamento. Sin preguntarme nada. —Cerró las solapas de la caja demasiado fuerte, como si quisiera atrapar algo adentro—. ¿Sabe qué es lo peor? Que capaz tenía razón lo del consultorio. Pero podría haberme hablado primero, en vez de ir derecho al abogado.
Cargó las dos maletas y la caja en la cajuela. Ajustó el asiento delantero tres veces, aunque iba solo.
—¿Me lleva a Coral Gables? —preguntó, y después, cuando ya iba a arrancar, se palpó los bolsillos—. Dejé la billetera en casa de mamá. Ahora llamo, que me la traiga Tomás.
Pero no llamó. En todo el camino no dijo nada, mirando por la ventana, como si contara los postes de luz. Frente al edificio de Coral Gables se bajó, sacó las maletas a la acera, y después se quedó parado junto a la puerta abierta del carro sin decir nada por un momento. Se sacó el reloj de la muñeca.
—Tómelo. Vale unos trescientos, cuatrocientos dólares. No traigo ni un centavo encima, y no quiero quedarle debiendo a la taxista, ya que le debo algo a todo el mundo.
—Espero a que llame por el dinero —dije.
—Por favor. —Puso el reloj en el tablero, no en el capó, justo al lado de mi mano, como si quisiera que lo agarrara antes de arrepentirse—. De todos modos lo tengo que vender en algún lado. Prefiero que sea usted, a estar haciendo fila en una casa de empeño como un pordiosero.
Se bajó, agarró la caja bajo el brazo, dejó las maletas en la acera y volvió por ellas por separado, dos veces, sin apuro, como si estuviera postergando el momento de entrar al edificio. El reloj quedó entre nosotros esos dos minutos antes de que yo arrancara. Unas cuadras más adelante sonó mi celular. Número desconocido.
—Habla Alicia —escuché en el teléfono—. Mi esposo me dijo que le dejó un reloj.
—Sí —dije.
—Véndalo en una casa de empeño y transfiera el dinero a la cuenta de mi suegra, en Collins Avenue. Ella es la que ahora le paga la comida, que al menos vuelva algo.
—¿Y él sabe que usted me está llamando?
—No sabe. —El silencio en el teléfono duró un poco más de lo debido—. Quédese con veinticinco dólares por el viaje, porque me los debe, y yo no se lo voy a decir, para que no piense que lo controlo en cada cosa.
En la casa de empeño me dieron trescientos. Hice la transferencia ese mismo día, a la cuenta de Cristina Fuentes, tal como Alicia me había pedido.
La volví a ver en septiembre, en la parada de taxis frente a la estación de Metrorail. Se subió sin pedir el taxi por radio, abrió la puerta antes de que bajara el vidrio.
—A Sunny Isles —dijo—. A casa de mi suegra.
Manejamos por Biscayne Boulevard, y ella llevaba en las piernas un ramo pequeño de crisantemos, envuelto en papel de periódico en vez de celofán. No habló hasta que doblamos en la 163.
—Mi esposo volvió conmigo en agosto —dijo entonces, mirando el ramo, no el espejo—. Por ahora duerme en el consultorio, en el sofá. Fue idea de él.
No contesté nada, porque no se me ocurrió qué decir que sirviera.
Al llegar pagó, esta vez sin dejarme vuelto, justo lo que marcaba el taxímetro. Se bajó, acomodó el ramo envuelto en papel de periódico y entró al edificio donde, en el tercer piso, seguían las macetas con geranios, como si nada hubiera pasado.
