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Cincuenta yardas que le costaron todo lo que le quedaba

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Mario Peña llevaba puesta la misma camisa de vestir que usó en su propia boda hacía veinte años, la que ya le quedaba grande porque el cáncer de esófago le había comido hasta los hombros. Eran las siete y cuarto de la tarde de un viernes de octubre, y el gimnasio de la Preparatoria Roosevelt, en el sur de Phoenix, olía a palomitas y a perfume barato de adolescente. Afuera, en el estacionamiento, un vecino tenía la radio puesta en la estación en español, y se alcanzaba a oír algo de banda entre el ruido de las gradas.

—Papá, de verdad no tienes que hacer esto.

Su hija Yamileth se lo había dicho tres veces esa semana. Diecisiete años, vestido color vino comprado en oferta en el Ross de la Baseline, y una corona de utilería que ni siquiera sabía todavía si iba a ganar. La habían nominado a reina del baile de otoño, la "Homecoming Queen", y el anuncio sería frente a toda la escuela, en la cancha de fútbol americano, bajo las luces que la ciudad pagaba con los impuestos de todos y que esa noche parecían más blancas que de costumbre.

Mario llevaba siete años peleando. Cuatro rondas de quimioterapia, una cirugía que le quitó dos terceras partes del esófago, y desde marzo, un tanque de oxígeno que ya no soltaba ni para dormir. Cuarenta y ocho años y pesaba lo mismo que cuando tenía catorce.

El director de deportes, un hombre gordo con gorra de los Cardinals, le ofreció llevarlo en el carrito de golf que usaban para cruzar el campo con los jugadores lesionados.

—Se lo agradezco, Randy. Pero voy a caminar con mi hija.

—Son como cincuenta yardas, Mario.

—Lo sé.

Su esposa, Consuelo, se quedó parada junto a la línea de banda con las manos metidas en los bolsillos de su chamarra, porque hacía frío para ser Arizona, y porque no confiaba en que sus manos se quedaran quietas si las dejaba sueltas. Llevaba el teléfono listo para grabar, pero durante los primeros diez segundos se le olvidó por completo apretar el botón.

Mario dejó el tanque de oxígeno portátil enganchado a un carrito plegable que él mismo había comprado en el Walmart de la 19th Avenue, uno de esos con ruedas que se usan para el súper. Lo jaló con la mano izquierda. Con la derecha tomó el brazo de su hija.

El anunciador de la escuela, por el altavoz que sonaba metálico como siempre suenan esos altavoces, dijo: "Y ahora, démosle la bienvenida a nuestras candidatas a reina."

Cada nombre iba acompañado por el papá o el padrastro de turno, todos caminando erguidos, todos con traje planchado. Cuando llegó el turno de Yamileth Peña, el anunciador dudó un segundo de más antes de decir el nombre, porque alguien en la cabina de control ya sabía lo que estaba a punto de pasar en esa cancha.

Mario dio el primer paso y sintió cómo el esfuerzo le subía por las piernas antes de llegar al pecho. El segundo paso fue peor. Alguien en las gradas del lado de los Wildcats empezó a aplaudir despacio, como cuando no se sabe si el aplauso es apropiado todavía, y ese aplauso despacio se fue extendiendo hasta convertirse en algo que ya no cabía en el gimnasio ni en la cancha.

A la mitad del camino, Mario se detuvo. No porque quisiera. El cuerpo simplemente dejó de responderle por tres, cuatro segundos que a Consuelo le parecieron una hora completa. Yamileth no tiró de él. No dijo nada. Se quedó parada a su lado, con el vestido color vino moviéndose apenas con el viento de octubre, esperando.

—Ya casi, m'ija —dijo él, y fue lo único que dijo en las cincuenta yardas.

Terminaron de cruzar. Cuando llegaron a la línea donde estaban las otras candidatas, un maestro de educación física, un tipo grandote que nadie en la escuela había visto llorar jamás, se limpió la cara con el antebrazo y fingió que era el frío.

Yamileth no ganó la corona esa noche. Ganó otra chica, una porrista de tercer año llamada Destiny. A Yamileth no le importó. Ni siquiera se acuerda de qué color era el vestido de Destiny.

Mario Peña murió cinco meses después, en marzo, un martes por la mañana, en su casa de la calle Pima, con Consuelo sosteniéndole la mano y el perro de la familia, un chihuaheño llamado Toby que nunca se apartó de la cama esos últimos días, echado a los pies del colchón.

En el funeral, en la funeraria de la avenida Central, alguien puso en la pantalla el video que Consuelo había grabado desde el segundo dos. Cincuenta yardas duran, en tiempo real, poco más de un minuto. En la pantalla del salón, con doscientas personas viéndolo en silencio, duraron una eternidad.

Pasaron cuatro meses. Yamileth cumplió dieciocho años en julio y se graduó en mayo, sin su papá ahí para verla con la toga puesta, aunque Consuelo llevó su fotografía metida en la bolsa y la sacó justo antes de que llamaran su nombre.

Un jueves de agosto, Consuelo abrió la caja de zapatos donde guardaban los papeles importantes —la escritura de la casa, las pólizas, las cartas del hospital— y encontró debajo de todo eso un sobre cerrado que decía, con la letra torcida de Mario, ya casi ilegible por la enfermedad: "Para cuando Yamileth cumpla 18."

Adentro había setecientos dólares en efectivo, ahorrados sin que nadie lo supiera, billete por billete, de los pocos meses en que todavía pudo trabajar medio tiempo en el taller mecánico de su compadre Reynaldo antes de que el cuerpo ya no le permitiera ni eso. Y una nota: "Para que hagas algo tuyo. Algo que no sea para nadie más que para ti."

Yamileth usó ese dinero para pagar la inscripción y el primer semestre en el Phoenix College, donde ahora estudia enfermería oncológica. No porque alguien se lo haya pedido. Lo decidió sola, sentada en la cocina, con el sobre abierto sobre la mesa y Toby dormido a sus pies.

Guarda el sobre vacío en la gaveta de su buró, junto al arete izquierdo que se le cayó esa noche de octubre, en algún punto de esas cincuenta yardas, y que nunca encontró.

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