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El día que mi hija se quedó sin flores

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Marisol Betancourt llevaba dos bolsas del Winn-Dixie en una mano y a Camila, su hija de cuatro años, agarrada de la otra. Eran las cinco y cuarto de la tarde, ese calor pegajoso de Hialeah en agosto que hace sudar hasta a los aires acondicionados de las casas, y el autobús de la Ruta 27 pasaba cada cuarenta minutos si tenían suerte.

Camila se detuvo en seco frente a un jardincito de zinnias que la señora Aurora, la vecina del 142, cuidaba como si fueran nietas. La niña se agachó, estiró la manito hacia una flor amarilla, esa concentración total que solo tienen los niños cuando algo les parece un milagro.

—¡Vamos, Cami! Camina —Marisol le dio un tirón del brazo sin ni siquiera mirar hacia abajo—. Ya te dije mil veces que no toques las cosas de la gente. Se nos va el bus.

La niña trastabilló, se le aguaron los ojos, y Marisol ni se dio cuenta. Iba pensando en el copago de la cita del dentista, en si el arroz que compró alcanzaba para toda la semana, en la llamada que tenía que hacer a la escuela sobre el formulario del programa de verano. Su celular, un Samsung con la pantalla rajada en la esquina, vibró en el bolsillo del short: un mensaje de su hermana preguntando si podía cubrirle el turno de la noche en el Publix.

Fue esa misma noche, ya con Camila dormida en el sofá cama del cuarto que compartían las dos, que Marisol se sentó en la cocina con una taza de café frío del que había sobrado en la mañana. Por la ventana entraba el ruido de un carro con el bajo altísimo pasando por la calle 49, y el olor a fritanga del apartamento de al lado, el de los Reyes, que siempre cocinaban tostones a esa hora.

Se puso a repasar el día completo, y algo se le atoró justo en ese recuerdo de la flor amarilla. Camila no había pedido un iPhone ni unos tenis Jordan como los que veía en la tele. Solo quería mirar una flor tres segundos. Y ella se la había arrancado de las manos, literal, con un tirón, porque tenía prisa por llegar a un apartamento donde de todas formas no la esperaba nada urgente, solo la rutina de siempre.

Marisol trabajaba de cajera en el Publix de la 103 desde que se separó de Héctor, el papá de Camila, hacía casi dos años. Él pagaba la manutención cuando se acordaba, que era cada dos o tres meses, y el resto del tiempo Marisol hacía malabares entre el trabajo, la guardería y las cuentas. Su mamá, doña Nereida, vivía en Hialeah también, a quince minutos, pero entre su artritis y sus propios líos no podía ayudar mucho más que con alguna llamada de ánimo.

Al día siguiente, sábado, Marisol se despertó con la decisión ya tomada, sin necesidad de pensarlo dos veces. Preparó el desayuno —huevos revueltos y pan cubano tostado— y le dijo a Camila que ese día no había mandados que hacer.

—¿Vamos a Publix? —preguntó la niña, porque para ella salir de la casa siempre significaba mandados.

—No, mami. Hoy no vamos a ningún lado con prisa.

Caminaron por la misma cuadra de siempre, pero esa vez Marisol dejó que Camila se detuviera cuanto quisiera. La niña señaló una lagartija que se escondió debajo de una maceta, se rió con esa risa que le sale de la panza, y se quedó viendo cómo una nube tenía forma de conejo, según ella. Cuando llegaron al jardín de la señora Aurora, Camila volvió a estirar la mano hacia las zinnias.

Justo en ese momento salió la señora Aurora a regar, en bata de casa y las chancletas de siempre.

—Mi'ja, ¿te gustan mis flores? —le dijo a Camila, agachándose con esfuerzo por la edad—. Espérate.

Cortó dos zinnias, una amarilla y una naranja, y se las puso en la mano a la niña. Camila se quedó mirándolas como si le hubieran dado un tesoro, las apretó contra el pecho con las dos manitos, y Marisol sintió que se le cerraba la garganta de una manera que no tenía nada que ver con tristeza.

—Gracias, doña Aurora.

—No hay de qué. Esta niña tiene ojos de artista, se fija en todo. Eso no se debe apagar, m'ija.

Esa frase se le quedó grabada a Marisol toda la semana. El lunes, cuando volvió a salir del Publix con las bolsas y Camila de la mano, cambió algo pequeño pero real: en vez de calcular el tiempo exacto que le tomaba llegar a la parada, le restó cinco minutos a propósito. Cinco minutos que ahora eran de Camila, para lo que la niña quisiera mirar.

No fue un cambio dramático ni una epifanía de telenovela. Fue más bien una costumbre nueva, como cuando uno decide dejar de fumar y al principio cuenta los días. Marisol empezó a contar, sin decírselo a nadie, cuántas veces a la semana lograba parar en vez de tirar del brazo. Al principio le costaba, porque la urgencia de las cuentas y del reloj no desaparece solo porque uno lo decide. Pero con las semanas se le fue haciendo más fácil, y hasta empezó a notar cosas ella misma: el olor a jazmín de noche que subía desde el patio de atrás, un gato overo que dormía siempre en el mismo carro estacionado, la vecina de la esquina que siempre le regalaba mango cuando el árbol de su patio daba de más.

Las zinnias de la señora Aurora, Camila las puso en un vaso de mermelada Bama vacío, con agua, sobre la mesita de noche. Duraron cinco días. Cuando por fin se marchitaron, la niña le pidió a su mamá si podían ir a comprar semillas.

Fueron juntas al Home Depot de la 87, un domingo por la mañana, sin ninguna prisa marcada en el reloj esta vez. Compraron un sobrecito de semillas de girasol por dos dólares con noventa y nueve centavos, y una maceta de plástico verde. Camila las sembró en el pequeño balcón del apartamento, con tierra que se le metió debajo de las uñas y que Marisol, en lugar de limpiarle enseguida como hubiera hecho antes, dejó que se le quedara ahí un rato mientras la niña admiraba su obra.

Pasaron las semanas. El girasol creció torcido, buscando el sol de la tarde que entraba por el lado oeste del edificio, y para cuando llegó octubre ya medía casi tanto como Camila. La niña lo regaba todas las mañanas antes de ir a la guardería, con un vaso plástico que llenaba en el fregadero de la cocina, derramando la mitad en el camino.

Un jueves de ese octubre, Héctor apareció sin avisar, como solía hacer, con la excusa de traer un cheque atrasado de la manutención. Se paró en la puerta del apartamento, vio el girasol en el balcón y soltó, medio en broma medio en serio:

—¿Y esa maleza qué hace ahí? Se va a caer la maceta encima de alguien.

Camila, que estaba jugando en el piso de la sala con unos crayones, levantó la cabeza:

—¡No es maleza! Es MI girasol. Yo lo sembré.

Héctor se quedó callado un segundo, sin saber bien qué contestar. Marisol, desde la cocina, no dijo nada tampoco; dejó que la niña defendiera lo suyo. Él le entregó el cheque, dijo que tenía que irse porque lo esperaban, y se fue con la misma prisa de siempre, la que ya nadie en esa casa trataba de igualar.

Marisol tomó el cheque, lo guardó en la cartera junto con los otros papeles pendientes, y volvió a la cocina a terminar de picar cebolla para la cena. Por la ventana se veía a Camila, todavía sentada frente a sus crayones, pero ahora mirando de reojo el girasol como quien vigila algo propio, algo que le costó tierra bajo las uñas y agua derramada, y que nadie —ni con prisa, ni con excusas, ni de visita— le iba a quitar.

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