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El perro callejero aullaba a las 8 en punto; los vecinos se quejaban. Lo seguí y descubrí el secreto de mi abuela
Cada noche, a las ocho en punto, un perro flaco y color canela aparecía junto a la cerca de la casa. Primero soltaba un gemido bajito, casi un lloriqueo, y luego empezaba a aullar con unas ganas que te ponían los pelos de punta. Los vecinos se asomaban a las ventanas y algún chiflido se oía en la oscuridad, pero el animal no se iba.
—¡Ya está otra vez ese maldito perro! —doña Gloria, la señora de al lado, llegó a salir una noche chancla en mano—. ¡No hay quien duerma!
Yo corría a la puerta pensando que esta vez sí lo agarraba, pero en cuanto encendía la luz del porche, el canelo desaparecía. La verja se quedaba temblando y ni rastro. Parecía un fantasma.
La casa me la había dejado mi abuela Lupita al morir, tres años atrás. Un ranchito en Pacoima, con su porche de madera y un olorcito a albahaca que ya ni se sentía, pero yo sabía que estaba ahí. Casi nunca iba porque el trabajo en Downtown me comía viva, pero esta vez había agarrado mis cosas y me había largado. Mi suegra, doña Socorro, llevaba meses con la cantaleta: que si mi marido y yo éramos jóvenes, que para qué queríamos tanto espacio, que la casa del centro nos la teníamos que pasar a ella y a mi suegro, que ellos ya estaban mayores y necesitaban un lugar sin escaleras.
—Mira, Mariana, tú entiendes —me decía por teléfono con ese tono melosito—, ustedes pueden rentar algo chiquito. Nosotros ya no estamos para trotar.
Lo de la hipoteca que todavía estábamos pagando Ale y yo, eso a doña Socorro se le olvidaba convenientemente. Así que un viernes apagué el celular, le mandé un mensaje a mi esposo diciéndole que me iba unos días al valle a despejarme, y me fui.
La historia del perro arrancó al tercer día. Ocho de la noche clavadas. Pensé que era hambre. Agarré un plato hondo, le eché croquetas que encontré en la alacena —de quién sabe cuándo— y lo dejé junto a la entrada. A la mañana siguiente, el plato estaba intacto, y las croquetas, tiesas por el sereno.
—Doña María —le pregunté a la vecina del otro lado, una señora oaxaqueña que llevaba cuarenta años en la cuadra—, ¿ese perro también aullaba cuando vivía mi abuelita?
La mujer me miró raro.
—Tu abuela Lupita nunca tuvo perro, mija. Tenía un gato, el Pacho, que se le murió de viejo hace como un año. Ese bicho es nuevo.
¿Nuevo? O sea que el canelo apareció después de que la abuela se fuera.
Eso me dejó un hormigueo en la nuca.
El sábado me dio por vaciar el ático. Las cosas de la abuela seguían ahí, nadie las había tocado. Cajas de fotos, vestidos apolillados, un rosario de madera, frascos de remedios. Abrí una caja de zapatos y encontré un sobre amarillento con un par de letras temblorosas: “Para Lupita, de parte de Chente. Si sigo vivo cuando leas esto, ya será tarde.”
Lo abrí. El papel olía a humedad y a tabaco viejo. La tinta azul se había corrido en algunas palabras, pero se entendía.
“Lupita, perdóname si puedes. Nuestra Rosaura está viva. No la perdimos. La tiene mi hermana Consuelo en San Fernando. Yo fui el que la corrió, no pude con que se juntara con ese muchacho. Luego supe que estaba embarazada y el tipo la dejó. Me dio vergüenza buscarla. Si ya no estoy cuando leas esto, ve por ella. Dile que su papá la quiso. Chente.”
Me quedé helada con la carta en la mano. ¿Rosaura? La abuela jamás mencionó a otra hija. Yo crecí sabiendo que mi mamá era hija única. Marqué a mi madre sin importarme que ya era tarde.
—¿Mamá, tú sabías que la abuela Lupita tuvo otra hija?
Al otro lado de la línea hubo un silencio de esos que pesan.
—¿De dónde sacaste eso?
—Encontré una carta del abuelo Chente. Habla de una tal Rosaura.
Mi mamá soltó el aire como quien se quita un costal de encima.
—Sí. Tu abuela tuvo una niña con otro hombre antes de casarse con el abuelo. Rosaura se fue de la casa a los dieciocho, quedó embarazada y el fulano la dejó tirada. Chente no lo aguantó y la echó. Tu abuela la buscó años, pero nunca dio con ella. Siempre cargó con esa culpa.
Colgué y me quedé mirando la ventana. Justo a las ocho, el aullido volvió a desgarrar el silencio. El canelo estaba ahí, plantado frente a la verja, con los ojos clavados en mí. A la luz amarilla del poste parecían dos bolitas de ámbar húmedo.
Entonces me cayó el veinte. San Fernando estaba a quince minutos en carro, no en una aldea rusa perdida. Y el perro no buscaba comida.
Me calcé los tenis, agarré una sudadera y salí.
—Oye, chiquito —llamé bajito—, ¿tú me llevas a algún lado?
El perro dio un giro y echó a andar trotando por la acera, volteando de vez en cuando para asegurarse de que yo lo siguiera. Caminamos como veinte minutos, cruzamos avenidas oscuras, bordeamos una gasolinera cerrada y llegamos a una calle sin asfaltar, en la parte más vieja de San Fernando. El canelo se detuvo frente a una casa de madera despintada, con una reja de alambre torcida. Soltó un aullido largo, casi un lamento, y se echó al suelo.
Empujé la reja. Cedió con un chirrido.
—¿Hay alguien? —grité, y mi voz sonó más temblorosa de lo que hubiera querido.
La puerta se entreabrió y apareció una anciana encorvada, apoyada en un bastón de aluminio.
—¿Quién anda ahí a estas horas?
—Disculpe, me llamo Mariana. Soy nieta de Guadalupe, Lupita le decían. Creo que usted es la hermana de mi abuelo Chente.
La mujer soltó el bastón, pero se sujetó al marco. Tardó un segundo en reaccionar.
—¿Lupita? ¿La esposa de mi hermano? Virgen Santa, muchacha, pasa, pasa.
Le mostré la carta. La doña la leyó con un temblor en los labios y se santiguó tres veces. Lloró en silencio un rato y luego habló.
—Sí, yo tuve a Rosaura aquí. Hasta que se me fue, hace siete años, de un infarto. Pero dejó una niña, Estela. Mi nieta. Mis otros nietos, los hijos de mi difunto, le hicieron la vida imposible. Dijeron que ella no era sangre directa, que no había espacio, que pa’ qué mantener a una extraña. La mandaron al garaje.
Sentí cómo la sangre se me subía a las sienes.
—¿Al garaje? ¿Eso es lo que acabo de oír?
La anciana bajó la mirada.
—Yo ya no puedo controlarlos, mija. Le paso comida a escondidas, pero…
—Lléveme con ella.
La doña me guió por un pasillo lateral hasta un portón de lámina. Lo levanté yo misma. Ahí dentro, sobre un catre cubierto con una cobija vieja, estaba una muchacha flaca, pálida, de cara redonda y mirada asustada. A su lado, el canelo movía la cola como si acabara de cumplir una misión.
—Tú eres Estela, ¿verdad? —le dije, y la chica apenas pudo asentir, abrazando al perro.
—Es Canelo —susurró—. Lo único que tengo.
—Pues ahora tienes más. Recoge tus cosas. Te vienes conmigo.
—¿A dónde?
—A la casa de tu bisabuela. A la casa de la familia de tu mamá. A partir de hoy, también es tuya.
A la muchacha le temblaron los hombros, como si no supiera si echarse a llorar o a reír. Pero no preguntó nada. Agarró una mochila con cuatro trapos, metió un par de latas de comida para Canelo, y nos fuimos entre la niebla de la madrugada.
Esa noche le preparé la cama en la habitación que siempre estuvo vacía, la que olía a lavanda porque fue el cuarto de la abuela. Le di una almohada limpia y un cobertor de borrega. Canelo se acurrucó a sus pies y suspiró con un bufido de alivio.
—¿Por qué haces esto? —me preguntó mientras le servía un chocolate caliente en la cocina.
—Porque somos familia. Tu abuela buscó a tu mamá toda su vida. Yo no voy a permitir que tú vivas en un garaje como si no valieras nada. A partir de hoy, tienes casa.
A la mañana siguiente sonó el teléfono. Mi esposo.
—Mariana, mi mamá ya está otra vez con que firmemos la cesión del departamento. Dice que si no, va a venir a “hablar en persona”.
—Pues que venga —le contesté—. Pero que sepa que aquí ya vive alguien más: mi tía abuela Estela y su perro Canelo. Si quiere venirse a descansar al valle, espacio hay. Pero la casa del centro no la suelto ni muerta. Y si tu mamá vuelve a presionar, se va a encontrar con una orden de alejamiento en vez de café.
Hubo un silencio incómodo, y luego Ale soltó una risa nerviosa.
—¿Tía abuela? ¿De qué te fumaste?
—Luego te explico. Pero dile a doña Socorro que se busque otra chiripa.
Durante las semanas siguientes, el ranchito pareció revivir. Estela resultó ser un torbellino en la cocina: hacía unas gorditas de manteca que resucitaban a cualquiera, y su mole poblano dejó a la vecina doña María con la boca abierta. Canelo engordó un montón y ahora dormía panza arriba en el porche, mientras los vecinos se turnaban para rascarle las orejas.
Una noche, Estela y yo estábamos sentadas en las escaleras de atrás viendo cómo el sol se escondía detrás del naranjo. Canelo descansaba entre las dos.
—Cuando Canelo empezó a aullar allá en tu reja —dijo de pronto, sin soltar la taza de café de olla—, yo pensé que nomás buscaba alimento. Pero él estaba buscando un hogar. Para las dos.
No dije nada. La rodeé con un brazo y la atraje hacia mí.
Canelo bostezó y se volvió a enroscar sobre las chanclas de Estela. No volvió a aullar al caer la noche. Y si caminaba hasta la verja, era solo para vigilar la calle, moviendo la cola despacito, como si supiera que el largo silencio de la abuela al fin había encontrado respuesta.
