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La gata de Doña Carmen y el secreto que nadie más vio
Llevo once años viviendo en el mismo edificio de Reading Road, en Cincinnati, y les juro que nunca había visto un pleito de vecinos empezar por la cara de un animal. Pero aquí estamos.
Primero les presento al personaje principal: Michi. Una gata atigrada, gorda, con los ojos amarillos y una expresión que parece decir "ya revisé el estado de cuenta y ahí falta algo". Vive con Rosa Elena, una señora de unos sesenta años que le puso ese nombre porque de chiquita, allá en Puebla, tuvo otra gata igual. Michi tiene su lugar sagrado: el borde de la ventana del primer piso, justo donde da el sol de la tarde. Se sienta ahí horas y horas. No duerme, no juega, no le hace caso a las palomas que se paran en el cable de la luz. Nada más mira. Y mira de esa forma en que solo los gatos saben mirar: fija, sin parpadear, como si ya supiera tu secreto y estuviera esperando a que tú lo confieses primero.
Yo la veía casi todos los días porque mi buzón queda justo frente a esa ventana, y algunas tardes, cuando el cartero se atrasa, me quedo ahí sentada en la banca de cemento esperando el sobre del Medicare de mi mamá.
Ese martes hacía un calor que raspaba, de esos días de agosto en Ohio donde hasta el aire acondicionado suena cansado. Yo venía de Kroger con dos bolsas que me cortaban los dedos, y me senté en la banca a descansar antes de subir los tres pisos. Michi, en su puesto de siempre. Le hice así con la cabeza, medio saludo, y ella nomás movió los ojos hacia mí, despacio, y los volvió a apartar. Como diciendo: ya te vi, con tus bolsas de Kroger, sigue tu camino.
Y fue justo en ese momento cuando apareció por la esquina Doña Alicia, del cuarto piso. Ella es de las que se sabe la vida entera del edificio: quién paga tarde la renta, quién tira la basura sin separar el reciclaje, quién deja el carro atravesado en el estacionamiento. Doña Alicia venía caminando con su bolsa del mandado, pasó frente a la ventana, y de repente se detuvo en seco. Se dio la vuelta. Se quedó viendo a la gata.
La gata se quedó viendo a Doña Alicia.
Ahí se plantaron las dos, como en un duelo del viejo oeste, unos diez segundos completos. Yo con mis bolsas en las piernas, sin respirar casi, porque algo me decía que ahí venía función.
Del edificio salió Rosa Elena, con la bolsa negra de la basura en una mano y las chanclas puestas, claramente iba nomás al contenedor y de vuelta.
—¡Rosa Elena! —Doña Alicia se giró tan rápido que hasta yo pegué un brinco en la banca—. Rosa Elena, ¿le puedo decir algo?
—Sí, cómo no. ¿Pasó algo?
—Pasó. —Se quedó callada un momento, como armando el discurso—. ¿Usted podría cerrar las cortinas?
Rosa Elena parpadeó.
—¿Las cortinas? ¿Cuáles cortinas?
—Las suyas. De la ventana. Esas —y Doña Alicia señaló con el dedo, bien directo.
—¿Y… para qué?
Y ahí soltó la frase que, se los juro, todavía me acuerdo palabra por palabra:
—Es que su gata me mira como juzgándome. Me da pena pasar por aquí.
Yo bajé las bolsas al piso despacio, nada más para no dejarlas caer de la sorpresa. Rosa Elena se quedó sin hablar como tres segundos, se le notaba en la cara que estaba procesando la información.
—Doña Alicia… ella nomás está sentada ahí.
—No. —La voz de la vecina se puso firme, como de detective en juicio—. No nada más está sentada. Esa gata ve todo.
—Es una gata.
—Ya sé que es una gata. Pero fíjese bien en su cara.
—¿La cara… de la gata?
—Su expresión, Rosa Elena. Esa gata tiene expresión. Y es de juicio.
Rosa Elena volteó hacia la ventana. Michi seguía ahí, sin parpadear, mirándolas a las dos con esa misma calma con que me había mirado a mí, con que miraba a las palomas, con que miraba el Honda Civic mal estacionado del vecino del 2B, con que miraba absolutamente todo lo que existía en ese vecindario.
—Es que… —empezó Rosa Elena, midiendo cada palabra— así mira a todo el mundo.
—A todo el mundo es una cosa. A mí me mira distinto.
—¿Distinto cómo?
—Yo lo siento.
Lo único que me salvó fue que me dio tos justo en ese momento, porque si me hubiera reído en voz alta, ahí sí me meto en el problema yo también. Y mientras tanto pensaba: ¿cómo le explicas esto a una gata? Imagínense la escena en la noche: sentarse frente al animal, serio, y decirle "Michi, tenemos que hablar. Estás mirando a la gente con juicio. Doña Alicia se está quejando. ¿Puedes mirar más neutral? A ver, relaja las cejas. No, así te ves más despectiva todavía. Otra vez."
Y ella ahí, escuchando, con esa mirada que dice: sigue, me interesa a dónde vas a llegar con esto.
Al final Rosa Elena dijo lo único que se podía decir:
—Doña Alicia, no puedo tener las cortinas cerradas todo el día. Tengo mis plantas en la ventana, se me mueren sin luz.
—Entonces quite a la gata de ahí.
—Es su ventana.
—Es el jardín de todos.
—Pero la ventana es mía.
Doña Alicia respiró hondo, se quedó pensando un momento, y después soltó el aire:
—Está bien. Me acordaré de esto.
Y se fue. Con ese paso de quien acaba de perder la batalla pero ganó el principio, como dicen por ahí.
Lo más chistoso de toda la historia fue la gata. En ningún momento se movió, ni cuando le señalaban con el dedo, ni cuando discutían la expresión de su cara, ni cuando se decidía el destino de las cortinas. Se quedó ahí, como juez en un juicio que ya entendió todo desde el minuto cinco y nomás está esperando el receso.
Y honestamente, sí tenía cara de saber cosas de todos nosotros. Quién llega tarde a su departamento. Cuántas veces al día alguien saca la basura. Quién le anda espiando la vida al vecino desde la ventana del cuarto piso.
Cuando Rosa Elena se metió, yo me acerqué a la ventana.
—Michi —le dije—, ¿tú sabes el lío que acabas de armar?
Volteó la cabeza. Me miró largo. Y yo, una mujer de cuarenta y tres años con maestría y todo, empecé a justificarme como si nada:
—Yo no dije nada, ¿eh? Yo estoy de tu lado, la verdad.
Se volvió otra vez hacia la calle. Conversación terminada.
Esa noche, ya en mi casa con un café, seguí dándole vueltas al asunto. Antes los pleitos del edificio eran cosas normales: alguien se estacionaba mal, alguien dejaba las bolsas de basura afuera del elevador tres días, los niños hacían ruido después de las nueve. Ahora llegamos al punto de que una gata tiene la mirada incorrecta.
Y lo que más se me quedó grabado fue esto: en el fondo, hasta la entiendo. No porque tenga razón —no la tiene—, sino porque una persona que ve juicio en la cara de una gata callejera probablemente carga ese juicio adentro, y se lo encuentra reflejado por todos lados: en las ventanas, en las bancas, en la cara de los vecinos. La gata no tiene nada que ver. La gata nada más está sentada ahí, mirando el mundo pasar, como lleva haciéndolo desde que Rosa Elena la rescató de un estacionamiento de Walmart hace seis años.
Pasaron como dos semanas y no volví a ver a Doña Alicia acercarse a esa ventana. Empezó a dar la vuelta larga, por la entrada del garaje, con tal de no pasar frente al vidrio de Rosa Elena. Y una tarde, mientras yo regaba las plantas del pasillo, la vi bajarse de su carro, mirar de reojo hacia la ventana del primer piso, y apurar el paso con las bolsas del Aldi apretadas contra el pecho, como si de verdad hubiera algo ahí que la estuviera esperando.
Michi, mientras tanto, seguía en su puesto. Sin juzgar a nadie más que a sí misma, si acaso. Nomás mirando el estacionamiento, el buzón, el poste de luz, y a mí, que sigo sentándome en esa banca casi todas las tardes, un poco más consciente ahora de qué tan bien me estoy portando esa semana.
