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El Refugio que se Pagaba con un Radiador
El bombillo del porche se había fundido otra vez, pero a Ramón ya ni le hacía falta. Sabía exactamente cuántos bultos grises estaban encogidos entre los helechos. Ocho. Siempre ocho. El más flaco, el del hocico partido, ya ni se escondía cuando la puerta crujía. Se quedaba quieto, con esos ojos amarillos fijos en la rendija, esperando a que un viejo de setenta y tres años arrastrara las pantuflas hasta la acera.
Ramón vivía en un primer piso de Hialeah con las ventanas cubiertas de papel aluminio para que el sol no le friera el cuero de los muebles. La comunidad era tranquila, de esas donde los carros duermen en la calle y las matas de mango pelean por el espacio con los toldos de los patios.
Esa mañana de enero, la niebla del sur de Florida olía a pan tostado y a escape de diésel. Un gato atigrado, al que él llamaba Cabrera —igual que el pelotero en los setenta—, se estiró sobre el periódico mojado por el sereno. Ramón empujó la puerta de malla y, antes de que pudiera agacharse con la lata de Fancy Feast, la voz le cayó encima como un cepo.
—Ramón, ya van dos multas de la asociación.
Miró de reojo. Era el señor Ibáñez, el del condominio, envuelto en una bata de cuadros que olía a frijoles negros recalentados. Traía un sobre manila en la mano, de esos que siempre traen malas noticias.
—Esta vez no es advertencia —dijo, sin levantar la vista del gato que se restregaba contra el tobillo de Ramón—. En la junta de anoche esto se acabó. Dicen que el portón del fondo está rayado por los arañazos, que la basura aparece rota antes de que pase el camión. Usted sabe quiénes son.
Ramón destapó la lata. El olor a paté de salmón subió y por un segundo el ruido del tráfico en la Palmetto Expressway pareció desvanecerse. Contó mentalmente: la pensión eran $946 dólares, la mitad se iba en la cuota del condominio, el copago del cardiólogo estaba atrasado desde noviembre.
—Ibáñez, mire —dijo, con la voz más baja de lo que quería—. Usted ha visto al gris. Tiene una oreja comida por la sarna, se le cuentan las costillas con solo mirarlo. Si yo no les echo agua y comida, mañana aparecen tiesos debajo de un Cadillac.
—Entonces múdese a una finca —el sobre pasó de la mano del vecino a la mesita del porche, justo al lado de la taza de café con leche que se estaba enfriando—. La próxima reunión es en una semana. O se deshace de los gatos, o los $500 de multa van a la corte. Y luego al desalojo.
Dicho eso, se fue arrastrando las chancletas por el pasillo, sin mirar atrás.
Ramón se quedó mirando los ocho platos de plástico alineados en el borde del césped. Los platos eran blancos, de los que regalan en las pizzerías cuando pides una extra large. Pero para él eran algo distinto: eran un reloj. Cada noche, sin falta, los llenaba; cada mañana, antes de irse a la calle a vendern las camisetas que él mismo estampaba con pintura de secado rápido, los volvía a llenar. Su esposa, ya difunta, le decía hace once años que ese ritual era su misa de ocho. Ahora, sin ella, los platos eran lo único que le daba cuerda al día.
Esa noche no pudo dormir. El reloj del microondas marcaba las dos y media de la madrugada y el frío del piso de terrazo se le subía por los huesos. Entonces lo vio: el calentador eléctrico de aceite, arrumbado en la esquina de la sala. Un radiador viejo marca Pelonis. Lo había comprado en una venta de garaje por $15 dólares después de la muerte de Elsa, cuando descubrió que la cobija eléctrica no era suficiente para las noches de enero.
Se arrodilló —le tronó la cadera, como siempre— y lo encendió al mínimo. La resistencia se puso naranja, un calorcito miserable empezó a salir por las rejillas. En menos de cinco minutos, el gato del hocico partido, que había entrado sigiloso por la ventana rota de la cocina, estaba ovillado a medio metro del radiador. Detrás, Cabrera. Y detrás, la gata negra preñada que ya casi no cabía por el hueco de la cerca.
Ramón se sentó en el sofá de cuero falso, envuelto en una manta que aún olía al perfume de gardenias de Elsa. Así se quedó dormido, con el resplandor del calentador encendido y ocho gatos ronroneando en su sala, porque afuera la temperatura había bajado a 38 grados.
La mañana de la reunión definitiva de la junta, Ramón no se quedó a esperar el golpe. Se puso la guayabera blanca, la que usaba para las fotos familiares, y fue a la oficina de la administración. En la mano llevaba un documento que le había preparado un sobrino notario por $50: un poder limitado y un comprobante de pago. Cuando la señora Menéndez, la presidenta de la junta, lo vio entrar con ese papel, pensó que iba a rogar.
—Aquí tiene —dijo Ramón, y puso sobre el escritorio dos billetes de cien y uno de cincuenta. $250 dólares—. Esto es por la multa. Y este otro —dejó otro papel, un recibo firmado en una casa de empeño por otros $250—, es para el fondo de mantenimiento del portón. Dice que esos animales lo dañaron. Pues ya está pagado.
La señora Menéndez abrió los ojos grandes, como platos de pizzería.
—Pero, Ramón, ¿de dónde…?
—Del radiador —dijo él, sin sonreír—. Vendí el calentador al chamaco de la esquina en trescientos. A los gatos no les importa el frío si tienen la panza llena. Y a mí, el frío de huesos me dura menos que la úlcera de tenerlos afuera con este tiempo.
Se dio la vuelta. Al cruzar el umbral de la administración con olor a limpiapisos de limón, se topó de frente con el señor Ibáñez, que fingió estar revisando el buzón. Justo detrás, pegado a la cerca, el gato del hocico partido lo esperaba, ajeno a todo.
Ramón se inclinó, le rascó detrás de la oreja comida y, mientras el motor de un camión de la basura rugía en la esquina, pensó en los $946 de la pensión, en los $400 que acababa de soltar entre multa y abogado, y en que a la nevera solo le quedaba medio cartón de huevos. Le quedaba una deuda de once años con la memoria de su esposa, que había amado a esos gatos tanto como él. Y eso no se saldaba con un radiador viejo.
Esa noche, un frío inusual entró por la ventana rota de la cocina. En la sala, a oscuras, ocho pares de ojos brillaron en el piso. No había calefacción, pero había una lata de salmón abierta sobre el mosaico frío, y un viejo dormido en el sofá, con una guayabera blanca todavía puesta y una manta con olor a gardenia que ya nadie le iba a quitar.
