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Un segundo hogar en el rancho de la Tía Vero
La cabra llegó al rancho en una camioneta destartalada. Eran las seis y media de la tarde, el sol ya caía detrás de los mezquites y el aire olía a tierra mojada porque había lloviznado un rato antes. Mi prima Griselda la bajó de la caja cargándola como a un costal de papas, sin ninguna delicadeza, y la soltó junto a la cerca del corral. La cabra se quedó quietísima, con las patas abiertas sobre el lodo, los ojos fijos en ningún lado. Se llamaba Dulce, aunque nunca le vi nada dulce: tenía el lomo flaco, las ubres caídas y la expresión opaca de un animal al que ya le quitaron todo.
Griselda me contó lo que ya sabíamos todos en el pueblo de San Joaquín: Dulce había parido una sola cría una madrugada de marzo y el cabrito no pasó de la primera noche. Desde entonces el animal dejó de balar. No se movía, no comía sino a trancazos, no seguía al rebaño. Se quedaba horas junto al alambre de púas, con el hocico pegado al pasto seco, como si esperara a alguien que no iba a llegar nunca. Mi tía Verónica, que lleva el rancho sola desde que enviudó, la recibió por lástima, porque le dijeron que una cabra así, que no produce ni cría, termina en la carnicería.
Esa primera semana Dulce no reaccionó a nada. Le poníamos agua fresca, alfalfa molida, pedazos de manzana que la tía compraba en el HEB de la carretera 82. Nada. El agua se llenaba de bichos y la fruta se ponía negra al sol. Una mañana, sin avisar, la tía Vero amaneció con una decisión: si el animal no comía para el viernes, lo devolvía. No podía mantener una cabra que solo se estaba muriendo de tristeza.
El jueves por la tarde pasó algo que nadie esperaba. Mi tía regresó de Harlingen con una caja de cartón en el asiento del copiloto. Adentro venía un corderito recién nacido, blanco, tembloroso, con una mancha gris en la frente. Lo había recogido en una subasta ganadera por veinticinco dólares, porque la madre se había muerto en el parto y el dueño no quería criarlo a biberón. Mi tía ni siquiera nos consultó. Solo dijo: "Aquí hay trabajo" y se metió a la casa a calentar leche de fórmula en el microondas.
Al corderito le pusimos Pancho. Pesaba menos que un gato, se le notaban las costillas y cada vez que intentaba pararse se le doblaban las patas. La tía lo colocó cerca del corral de Dulce, sin juntarlos todavía, para ver qué pasaba. Dulce ni se inmutó. Pancho baló un par de veces, un sonido agudo y quebradizo, y se hizo bolita junto a la malla ciclónica.
Pero en la madrugada, como a las tres, me desperté con un ruido raro. Salí al porche con una lámpara de pilas y vi a Dulce lamiendo al corderito a través de la cerca. Le pasaba la lengua por la cabeza, despacio, como si lo estuviera contando. Pancho dormía aferrado al alambre, apretando el hocico contra el costado de la cabra. Al día siguiente, la tía Vero abrió la puerta del corral y los dejó juntos. Dulce se tumbó en la paja y Pancho se le acurrucó contra la panza. No necesitaron más presentación.
Durante un mes la cosa marchó tranquila. Dulce volvió a comer, aunque sin apetito; Pancho crecía a biberón tres veces al día porque la cabra no tenía leche; y mi trabajo de los sábados era limpiar el bebedero y cargar pacas de heno desde la bodega. Una tarde, la tía Vero encontró algo junto al portón trasero del rancho.
Era una cesta de mimbre, de las grandes, con el asa rota. Adentro, envuelto en una cobija azul de esas que venden en los mercaditos de pulgas, había un cachorro. Un zorro gris, flaco, con una pata trasera abierta y el pelaje lleno de espinas. Tenía los ojos legañosos y respiraba con la boca abierta. Alguien lo dejó en la madrugada, sin tocar la puerta, sin avisar. La tía se quedó viendo la cesta un buen rato. Luego hizo lo que hace siempre que no sabe qué hacer: se metió a la cocina y se puso a hacer café de olla.
Ella quería llamar a protección animal del condado de Cameron. Yo le dije que lo más seguro era precisamente eso: un zorro no es un perro, por más chiquito que esté. Pero Pancho y Dulce decidieron otra cosa. Cuando salimos con el café, el corderito ya estaba olisqueando la cesta. Dulce, desde atrás, permanecía erguida, las orejas tiesas, los ojos fijos en el bulto azul. No baló. Solo avanzó dos pasos y se quedó ahí, como una sombra. Al zorro lo llamamos Sombra, por eso.
La tía Vero no llamó a protección animal. Curó la pata con agua oxigenada y una pomada que compró en la farmacia de McAllen, y lo alimentó con jeringa los primeros días. Sombra dormía en el pajar, enredado entre el heno, y Pancho se echaba a su lado, empujándolo con el hocico. Dulce vigilaba desde la puerta. No se metía, no gruñía, no empujaba: solo se aseguraba de que nadie se acercara de más.
A los dos meses, el zorro ya correteaba por el corral persiguiendo a Pancho. Dulce los veía desde su rincón, rumiando alfalfa. Era la misma cabra de siempre, flaca y vieja, con el lomo encorvado. Pero ya no miraba la cerca. Miraba a sus animales.
El sábado pasado, mi tía Vero cumplió sesenta y un años. Le llevé un pastel de tres leches de la panadería de La Feria y una caja de velas. Al atardecer nos sentamos en el porche, con el café ya frío y los zancudos empezando a salir. Del corral llegaba el ruido de Pancho mordisqueando el comedero. Sombra se había subido a una paca de heno y dormitaba con la cola tapándole el hocico.
La tía Vero se quedó un rato callada y luego dijo, sin mirarme:
—¿Sabes qué me recuerda todo esto?
No dije nada. No hacía falta.
Ella apagó su vela con dos dedos, recogió las migajas del pastel con la palma de la mano y las echó en un plato de peltre. Se levantó, entró a la cocina y volvió con sobres de Alka-Seltzer, un vaso de agua y una bolsa de manzanas partidas.
Esa noche, antes de irme, vi que dejaba el plato con los pedazos de fruta en el suelo del corral y cerraba la reja con una cadena nueva, comprada en el AutoZone, de esas que brillan todavía, sin oxidar. No hubo discurso, ni foto, ni lágrimas. Solo el ruido del candado al cerrarse, y detrás, en la penumbra, los tres animales acercándose al plato al mismo tiempo.
