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Cuarenta kilos y un cheque de cajero

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La noche de la quinceañera de mi hija me escondí en la cocina del salón Los Girasoles, en Culebra Road, con un cuchillo de plástico en la mano y una rebanada de pastel que no podía tragarme. En la charola de acero vi mi reflejo: cachetes hinchados, vestido vino reventando por los costados. Me llamo Valeria Núñez, de San Antonio, Texas. Ese sábado pesaba doscientas ochenta y seis libras, cuarenta kilos más que cuando firmé papeles con René Contreras once años antes.

René me vio salir de la cocina y soltó, delante de su hermana y de mi comadre: “Ojalá no pienses bailar con Rocío. Con ese vestido pareces tamal remojado.” Nadie se rio. Mi compadre se puso a revisar la hielera. Yo sentí el filo del cuchillo de plástico clavándose en la palma. Lo tiré en la barra y fui a la camioneta por mi bolsa.

A las once cuarenta y siete de esa noche, con la banda aún rebotando en las ventanas, agarré el teléfono de René para poner una canción. La pantalla se iluminó con un mensaje de Briseida: “Ya casi, amor. Dile que te quedaste a cerrar el salón.”

Lo saqué al estacionamiento, junto al poste de luz naranja donde siempre se estacionaba de reversa. Le leí el mensaje. René encogió los hombros y dijo: “No te quiero ni a ti ni a tu cuerpo. Búscate a alguien que aguante eso.”

Esa noche no lloré. Me senté en la sala con una caja de zapatos y conté los recibos de la clínica de tiroides que él nunca quiso pagar. Eran once. Sumaban mil ochocientos cincuenta dólares. A las cinco de la mañana metí su ropa en bolsas negras del H-E-B y puse las bolsas junto a la reja.

Al día siguiente, mi mamá llegó del South Side en su Nissan Sentra y me ayudó a mover la cómoda. Me fui con Rocío a una casa de dos cuartos por Zarzamora Street. El primer lunes, me amarré unos tenis viejos y caminé los tres kilómetros alrededor de Woodlawn Lake a las seis y diez de la mañana. El pasto estaba mojado y el aire olía a tierra caliente. Fui cada día, con calor o con llovizna.

Dejé las tortillas de harina, el pan dulce de La Popular, los tacos de barbacoa de los domingos. Aprendí a desayunar avena con canela y huevo con nopales. Compraba todo en el H-E-B de Military Drive, los lunes, con lista en mano. Rocío me acompañaba a veces. Me decía: “Mami, ya se te marcan los brazos.” Yo le contestaba: “Es por tu culpa, tú caminas muy rápido.”

Catorce meses después, subí a la báscula del Planet Fitness de Bandera Road. La aguja se detuvo en ciento noventa y ocho libras. Habían salido cuarenta kilos de mi cuerpo. La muchacha de recepción me pasó una toalla y me preguntó si estaba llorando. Le dije que no, que era el cloro de la alberca.

Conseguí trabajo de oficial de préstamos en una cooperativa de crédito sobre San Pedro Avenue. Me compré un vestido azul en La Cantera, talla catorce, y usé el primer salario para pagar la mensualidad de una Honda CR-V usada.

Un sábado de mayo, en la ceremonia de becas de Rocío en el auditorio de la UTSA, René apareció con un ramo de rosas de la gasolinera y dos boletos para Corpus Christi. Me esperó en la fila del ponche. Me dijo: “Ahora sí te ves como mi mujer. La Briseida era puro estrés. Regresa conmigo.”

No le contesté. Le anoté en una servilleta: “Notaría del Norte, Fredericksburg Road, 4:15.”

El lunes fui al banco y saqué un cheque de cajero por seis mil doscientos cincuenta dólares. Era exactamente la mitad del valor de la Ford F-150 que vendimos juntos, según el avalúo que hizo el primo de mi comadre. Lo metí en una carpeta azul junto con la copia certificada del divorcio y el comprobante de la póliza de seguro donde ya no estaba su nombre.

A las cuatro y doce entré con los papeles bajo el brazo. René ya estaba en la salita, oliendo a loción de farmacia. Le pasé la carpeta. Él la destapó y leyó el decreto. Soltó una risa corta: “¿Y esto para qué? Pensé que íbamos a arreglarnos.”

Le puse el cheque encima de la hoja. “Es tu mitad del valor de la camioneta: seis mil doscientos cincuenta dólares. Te lo doy hoy. Firma donde está la pestaña amarilla.”

René se quedó con el cheque en la mano. La punta de sus dedos se dobló sobre el papel. Dijo: “No voy a firmar.”

“No necesito que firmes. El divorcio ya se registró el viernes. La cerradura de la casa la cambié el sábado. Tu seguro médico terminó ayer. El cheque es la única puerta que te dejo, y solo si lo cobras antes del viernes.”

Recogí mi bolígrafo, lo metí en la bolsa. Me levanté. “La troca sigue a tu nombre. El cheque es para que no digas que te quité algo.”

Salí al estacionamiento de la notaría. El sol de Fredericksburg Road caía de lado. Detrás de mí, la puerta de cristal se cerró. En el asiento del copiloto iba la bolsa del H-E-B con mi ropa del gimnasio y las llaves nuevas de la casa. Arranqué. Por el retrovisor, vi a René de pie junto a su Ford F-150, con la carpeta azul en una mano y el cheque levantado como un papelito que no sabía dónde guardar.

Doblé en Bandera Road. La bolsa del H-E-B pesaba menos que el sobre que le dejé.

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